jueves, 11 de septiembre de 2014

Papá...

Aquella carta, aquellas últimas palabras de su padre se encontraban almacenadas en un trozo de papel doblado y viejo que su padre sostuvo aquel día en que la joven Roma de 19 años lo encontró junto a su escritorio.
Ahora, aquel papel, que otrora vivió en manos de su padre, vivía entre las páginas de aquel libro que tanto leyeron juntos.
Y Roma siempre pensó que debería de contestarle, de dedicarle al menos unas palabras en respuesta.

Y aquella noche que Roma pasó en casa, pensó que debería hacerlo… quizá se debió al alcohol quizá a la melancolía de la noche… o quizá y solo quizá… se debiera a algo más, a una pequeña luz que iluminara la vida de la pequeña de ojos grandes.
Así que, decidida, Roma escarbó en el suelo, entre las hojas sueltas de libros viejos y las envolturas de caramelos de fresa hasta que encontró una hoja decentemente limpia.

Se apresuró hasta el colchón donde, recargada en una gran enciclopedia, comenzó a escribir.

“Padre, siempre pensé que debía responderte, que me correspondía dedicarte un poco de mi tiempo para devolverte un poquito de lo muchito que tú me diste.
Ergo, aquí estoy… con un hueco en el alma, con una pluma de tinta invisible en unas manos temblorosas, empapadas en lágrimas; pero aquí estoy.

¿Y sabes?, es ironico… lo que tu más me diste en todo este tiempo fueron palabras, me regalaste oraciones y palabras… y en este momento… no puedo escribir ni una sola.
Así que con la escasez de palabras… no puedo más que agradecerte, agradecerte por todo lo que hiciste por mí, por todo lo que perdiste por nosotros.

Y déjame decirte, papi amado… que no ha pasado un solo día en el que no piense en ti, un solo día en el que no te extrañe con toda mi alma… un solo día en el que no le repita mi promesa a todos estos libros…

Esa promesa que me hice desde aquel momento hace tantos años, y ahora te lo prometo a ti, papi, te lo prometo.

No sé cómo despedir esta carta, así que no lo haré, no tengo ganas de decirte adiós, nunca he estado lista para ello.”

Y así, dobló la carta en la que se había perdido por al menos dos horas y la guardó en su chaqueta mientras salía a la calle.
Dobló la esquina en un callejón obscuro y abandonado y sacó, junto con la carta, un encendedor gris sin ningún diseño.

-Hasta luego, papá- y con una lagrima fría en aquel rostro de porcelana, prendió la hoja en fuego

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