LA VERSIÓN
DE HORACIO
Rió a
carcajadas hasta quedarse sin aliento, sabía exactamente a qué había venido
aquel muchacho con la mandíbula apretada.
Probablemente
su perro esté estirando la pata en este mismo instante, vomitando negro por
la Amatoxina que lo había hecho engullir Horacio. Para aquellos ignorantes que
no sepan, este es un hongo venenosos que destroza los riñones causando un dolor
excesivo al que el perro seguramente no sobrevivirá, entrará en coma en unos días
y partirá de este mundo antes del Miércoles de Salchicha de Pavo. Ya no hay
nada que hacer.
-¿Cómo
está tu perro faldero?– Preguntó Horacio entre grandes inhalaciones necesarias
para recuperar el oxigeno que había perdido durante el regocijo. Pero fue en
vano, pues en ese momento se le ocurrió la idea estúpida de que estaba
arrebatándole su último soplo al canino agonizante, y, sin control alguno, rompió
en risas estruendosas.
-Eres un cabrón…
era mi compañero…. No entiendes… pagarás por eso…. ¡te voy a…. a demandar! Mi
padre … tiene un bufete de abogados… Sabía que habías sido tú…- Los sollozos
se acumulaban en la garganta del lloroso joven y cerraban el paso de las
palabras, dejándolas salir entrecortada y agudamente, como ladridos de un
perro adolorido.
- Junior,
no gastes tus energías, tu papi jamás va a poder probar nada contra mi- Le
espetó el vendedor de salchichas a Alejando, éste último calló unos segundos-
Además, demandarme no te va a regresar a tu perro ¿o sí?
-Hijo de
pu…- Comenzó a decir Alejandro con lágrimas en los ojos.
-¡Shh! no
chilles, niño mimado- Interrumpió Horacio – Ni que lo hubieras querido tanto.
En gran parte fue tu culpa que lo envenenara ¿sabes? Estabas más ocupado
viendo una perrita de minifalda rosa que cuidando a tu mascota.- Chasqueó la
lengua y negó con la cabeza en señal desaprobatoria- Fue tu culpa tanto como
la mía.
Horacio
esquivó el golpe que iba directo a su nariz y por un momento puso cara de
susto, pero segundos después recuperó la sonrisa tan cínica, tan enervante
que le había visto algún día a su padre. Alejandro no dijo nada, estaba
asimilando el esplendor de la desvergu:enza.
-¿Un
Hotdog? No te apures por el dinero, me lo pasas después- Alejandro parecía incrédulo
del descaro de la conversación- ¿No? Bueno, va a cuenta de la casa entonces- Y sonrió mientras le ofrecía una salchicha con
la mano izquierda. Al ver la cara rabiosa del chico añadió- No te preocupes,
es carne de cerdo, no cocino animales domésticos.
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LA VERSIÓN DE ALEJANDRO Ya había llegado a la casa y abierto varias pestañas de pornografía para entretenerme como hago todos los días, cuando escucho un asqueroso sonido venir de la sala. Me paro y salgo cautelosamente de mi cuarto, entro a la sala y veo a Jorge tirado al pie del sillón. Esta cubierto de vomito y sangre, con pequeños trozos de salchicha. Me acerco a el, y me arrodillo. Le sobo la cabeza y veo que su panza esta extremadamente hinchada, parece un globo relleno de agua y cubierto de pelo. Sé perfectamente quien hizo esto. Horacio, el vendedor de salchichas del parque. Iré a romperle la madre a ese hijo de puta, pienso. Pero primero debo colocar al perro en el baño. Pongo una mano detrás de su cuello y la otra colocada para que sujete la parte trasera de su espalda. En ese momento parece que Jorge se encoje, dejando que el vomito fluya de su boca abierta. Ahora es más sangre que vomito. Este no es el momento para buscar peleas, debo llevarlo al veterinario. Estoy en el estacionamiento de la clínica veterinaria que se encuentra fuera del departamento de mi padre. Es probablemente lo más cerca que hemos estado en estos cuatro meses desde el “incidente.” Bajo corriendo del coche y abro la puerta trasera, donde me encuentro con un perro inconsciente bañado en una asquerosa combinación de sangre, vomito y salchichas. Lo tomo en mis brazos y corro dentro del edificio. Una vez dentro, la asistente lo toma y me recibe el mismo veterinario que cuidaba a mi gato cuando íbamos a Madrid de vacaciones. No ha cambiado. Su pelo sigue siendo de un gris claro y su cara sigue repleta de arrugas. La diferencia entre este seños y el que conocía hace siete años es una nueva cicatriz en su cachete derecho. Con un solo vistazo al perro me dice: -Ha sido envenenado, y no se ve nada bien, Alejandro, –su tono baja, como si le diera pena decir lo que sigue, -es difícil decir si lo lograra o no, pero haremos todo lo posible. Muevo mi cabeza y digo que si, mis ojos se llenan de lágrimas. En un principio tristes y asustadas por este amigo que me ha sido tan fiel, pero después se convierten en lágrimas de enojo. Se perfectamente lo que sucederá ahora. Ese hombre debe pagar. Salgo del coche casi corriendo, con las manos en puños y casi vibrando del enojo. Corro por el camino de concreto roto y tropiezo una vez y me paro inmediatamente. Demasiada adrenalina cruza por mi cuerpo, y es por esto que en cuanto veo al hijo de puta con su caja de hot-dogs mi puño sale disparado de donde colgaba a mi lado y se conecta con la quijada de Horacio, haciendo que tropiece y caiga en la fuente. Su asqueroso trasero sale de la superficie como roca enlodada. Sigo tremendamente enojado, así que en cuanto levanta su cabeza del agua lo levanto por el collar de su sucia camisa. -¡Envenenaste a mi perro hijo de puta! El grito suena por todo el parque y todos se detienen. Una niña de alrededor de 14 años me mira curiosamente, su pelo negro obscureciendo su mirada. Estoy demasiado ocupado como para ponerle mucha atención. -N… no. No fu… fui yo. –tartamudea Horacio. -No me mientas. –digo mientras lo sacudo. –Te lo juro, un paso más hacia mi o mi perro, y esto parecerá un abrazo. ¿Lo entiendes, pendejo? Además, creo que no sabes que te metiste con un bogado. Puedo terminar con tu miserable vida. Lo tiro al suelo, su cabeza azota contra el piso y su bigote se despeina. Tiene cara de odio. No me importa. Doy media vuelta y cambio hacia la entrada del parque, cuando escucho movimiento detrás de mi. Giro la cabeza y un puño se conecta con mi ceja. Mi mirada se obscurece unos segundos, pero cuando puedo ver de nuevo, lo pateo en la entre pierna. Se arrodilla, con las manos en sus genitales y cara de agonía. -Estudie artes marciales siete años. No creo que quieras hacer eso de nuevo. Me giro y una vez que ya esta casi fuera de mi vista le grito por encima de mi hombro: -Más te vale que no se muera. Tres días después llego al apartamento con Jorge en brazos. Esta mejor. Ahora saca la lengua y mueve la cola. -Me preocupe por ti, amigo. Digo, colocándolo en su cama. Me siento junto a el y saco mi cuaderno. Es tiempo de escribirle todo lo que quiero decirle a la puta de Mariza. No hay momento mejor que al final de una horrible semana. |
jueves, 11 de septiembre de 2014
El perro envenenado II
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