En esa tarde crepuscular, el parque tiene arboles dorados y anaranjados, es otoño, y el suelo está cubierto por un tapete de hojas secas y crujientes.
El aroma huele a madera, hojas y agua del pequeño lago que se encuentra al fondo. Se escucha el viento débilmente y el ligero murmullo de gente que viene y va, bicicletas, perros y pasos, muchos pasos, pero a pesar de ello, se escucha el silencio, pues aunque esté abarrotado de palabras y gritos infantiles, ninguno conecta con nadie y todos siguen su propio camino.
El pequeño lago del fondo refleja el sol y da en la cara si se ve desde el punto fijo, mientras que en las viejas bancas de madera, las astillas secas amenazan a quien se atreva a sentarse.
Los arboles hacen sombra fresca y se mecen con el viento, que si bien no estaba desatado, tenía la potencia suficiente para jalonearse con estos sus guirnaldas castañas.
El cielo está anaranjado y con pocas nubes, mientras que el sol con sus últimos rayos, calentaba débilmente el suelo de pequeños adoquines grises.
Se siente la calidez del sol en la piel y el viento en el rostro. Parece un laberinto de callejuelas grises y rojas, con diferentes caminos para llegar al centro del parque, en donde el lago anida patos blancos, o para llegar a la entrada principal, donde en la banqueta quedan unos cuantos vendedores a punto de despedir la tarde.
Los niños están ya cansados y se van alejando mientras que los viejos, en cambio, caminan con nostalgia por aquellos vestigios de su juventud, pues el parque, al igual que ellos, ha pasado por años e historias.
Es un parque viejo, repleto de pistas de historias pasadas con adoquines rotos y bancas deterioradas, de memorias vagas y luces tibias.
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