Así que esta niña ve fantasmas. Al principio creí que estaba loca, simplemente, o que el tema del amigo imaginario, el tal Peter, se le iba a pasar. Cuando yo era niño, habría dado lo que fuera por tener un amigo imaginario; hasta traté de convencerme de que lo tenía. Era una amiga, en realidad, una especie de Mi Mamá en pequeñito, para que pudiera llevármela a donde yo quisiera, traerla en la bolsa, hacerla mi novia, lo que yo quisiera.
La mamá de Emily hoy llegó muy alterada. Es una mujer muy guapa, eso sí, más guapa cuando se altera. Dice que además de hablar con el tal Peter, cuando la lleva a algún centro comercial, casi siempre acaba hablando con el aire. Que el otro día fueron al parque de siempre a que Emily jugara, y acabó sentada en una banca, conversando con un ser invisible al que Emily llamaba Sofía.
Cuando Emily pasó a mi consultorio, le pregunté por Sofía y me dijo que el nombre correcto era Sofiaté... y se me heló la sangre. Ese no es un nombre cualquiera; sólo puede existir UNA Sofiaté, y cuando me dijo cómo era físicamente, entendí dos cosas: Emily no está loca y Sofiaté, uno de los amores de mi infancia, sigue rondando este mundo.
¿Me atreveré a enviarle un mensaje? ¿Y si le escribo una carta y le pido a Emily que se la lleve? Lo que queda claro es que no puedo decirle a la mamá de Emily que su hija en realidad no está loca, porque necesito que la siga trayendo.
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