Nacho es el tipo de persona que oculta sus fobias aparentando ser valiente.
Es el tipo de persona que toma el café negro cuando hay gente alrededor; con dos de azúcar y un chorro de leche cuando está solo.
Mi nombre es Ignacio Velarde Huerta. Tengo 29 años y nací en la Ciudad de México. Mi signo es Leo y mis padres están divorciados. Yo fui el hijo que tuvieron para que salvara su matrimonio; no lo logré. Ellos siguen trabajando juntos pues son dueños de una fábrica de brocas y ninguno de los dos quiso ceder su parte; las brocas les apasionan. Su día a día laboral es similar a la dinámica matrimonial: no se dirigen la palabra, se comunican a través de un tercero (en el matrimonio era yo, en la oficina hay candidatos mejor capacitados y menos involucrados emocionalmente) y resuelven sus disputas de la manera usual: ignorándolas hasta que la olla de presión estalla quemando a todos los inocentes testigos de alrededor.
Mi infancia fue bastante solitaria ya que comprendí pronto que mis padres tenían razón: todos los seres humanos son idiotas. Esta certidumbre no evitó que cada año escolar me enamorara de manera apasionada de alguna de las niñas de mi clase y llenara los reversos de mis cuadernos de misivas de amor bellamente redactadas y jamás enviadas. Confié siempre, y de manera estúpida, en que "la correcta" debía saber que lo era y responderme las intensas miradas que mis profundos ojos verdes lanzaban, lo cual nunca sucedió. En vez, más de una, a lo largo de mi camino por el colegio, solicitó lo que en la adultez habría sido una orden de restriccción: cambio de lugar.
La ignorancia y estupidez humanas siguieron haciéndose evidentes a lo largo de mi adolescencia y en mi joven adultez, y mi clara superioridad me llevó a desear estudiar a estos bichos inferiores que me rodeaban. Elegí la carrera de psicoanálisis por este motivo puramente antropológico, y se me obligó a presentarme a sesiones de terapia como parte de mi aprendizaje. El primer terapeuta al que me enfrenté sugirió que mi prepotencia podía ser una defensa contra el rechazo. Analizando uno de mis sueños agregó que el divorcio de mis padres pudo haberme afectado y que mi madre pudo no ser la mejor madre del Universo. Le rompí el portarretratos con la foto de Freud en la cabeza y solicitó lo que, en el mundo "real", equivale a una orden de restricción: una orden de restricción.
Nunca llegué a graduarme como psicoanalista, pero mi madre me puso un consultorio de cualquier modo y pagó una gran cantidad de dinero por un título universitario falsificado, lo cual prueba a todas luces que, contrario a lo que sugirió aquel retrasado mental, ella SÍ ES LA MEJOR MADRE DEL UNIVERSO. Gracias a esto he podido ejercer como terapeuta y ganarme la vida. Tomo notas de lo que los pacientes me cuentan porque planeo, algún día, escribir un libro llamado "Tratado acerca de la estupidez humana", con el que sin duda me haré acreedor a un Premio Púlitzer. O no, por supuesto, dado que la probabilidad de que los jueces del Púlitzer sean estúpidos también, es alta.

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