martes, 7 de octubre de 2014

Final, parte 7

Y volvió a casa antes de tiempo, herida y helada.
No perdió nada de tiempo, caminó directo a su casa, sin ver a los lados y sin siquiera despedirse de aquella banca.
Abrió la puerta, y corrió a su cuarto, chocó con una pila de libros que cayó estrepitosamente, pero a ella no le importó, saltó a su colchón y comenzó a llorar.
Sintió un bulto a su lado y volteó secándose las lágrimas.
Cristina.
Se levantó lo más rápido que pudo y la miró allí, recostada… dormida… Podía oírla respirar, y la veía al fin tranquila, en paz.
Luego lo vio, al lado, el viejo libro de su padre… Lo pensó un momento, así que tomó una vieja chamarra negra y unos tenis sucios y salió corriendo de la casa, no sin antes tomar el libro de la historia interminable, la primer hoja de papel que encontró y una pluma casi sin tinta.
Corrió al parque antes de que fuera demasiado tarde y se sentó en su despintada banca.
Tomó la hoja y se recargó sobre el libro; comenzó a escribir.
Escribió, y escribió… como nunca lo había hecho antes y aquella hoja pareció demasiado corta, entonces cuando terminó la firmó. “Roma”.
Y dobló la hoja.
Fue ahí cuando se dio cuenta del otro lado de la página. “Diosa del humo, musa triste de otros tiempos, epítome de la belleza” “Nacho”
Entendió que todo había terminado, dentro de ella no tenía tiempo para quereres absurdos, de sentimientos banales y dolores trágicos… excepto tal vez…
Dobló la carta y escribió en un pequeño espacio en blanco: “Dios salve al rey, si es que hay alguno”  
Se quedó sentada ahí un momento, en la noche, sola…  pero no se sentía sola, por primera vez desde hace mucho, tenía a alguien… o algo así.
Guardó la hoja de papel dentro de las hojas del viejo libro y se fue hacía la obscuridad.

Quien llegara horas después encontraría un viejo libro sobre la banca, con marcas del tiempo y hojas satisfechas 

El fin, parte 8

Bebió.

El decreto Real

Y ahí estaban, entre remos y vestidos...

-Hola – susurró Roma

-Adiós- lloró Bruno

El encuentro de las dos niñas

Estaba ahí, en la tranquilidad de la noche.
Era uno de esos días en los que no tenía trabajo fijo, y como Roma siempre necesitaba la plata, tenía que salir a buscarla.
Así que allí estaba, entre suspiros de humo, recargada en el triste farol en la profundidad del parque.
Habría preferido ir a platicar con el rey, pero a esas horas probablemente estaría dormido, además, no podía ni imaginarse su reacción si la viera vestida así, con aquel vestido negro que le remarcaba hasta el páncreas, en aquel trabajo del cual no se atrevía a confesarle ni una céntima a aquel rey, viejo amigo, amigo viejo.
Así que allí estaba, esperando, hasta que unos pasos corriendo la recibieron sorprendida.
-¿Tú eres Roma? – dijo una voz entrecortada a falta de aire.
-¿disculpa?
-sí, la fumadora del parque- afirmó la escuálida joven
-Mira niña, estoy trabajando… no me
-¡Sí! ¡La prostituta!- la interrumpió
-Puta madre, niña, ¿a eso vienes?
-No… vengo a… a…- balbuceó la joven
-¿a… a…? – continuó Roma irritada
-ehm… ¿fumar?
-Fumar… -susurró Roma – Fumar… Niña, si tu mamá no te da dinero para los tuyos, no pienso que sea buena idea…
-¡No, no estoy aquí por eso! – la joven parecía muy apenada – me envió Nacho
Nacho, ese nombre… le sonaba familiar a Roma, lo había oído hace poco… en algún lugar… y tenía que descifrarlo.
-Nacho… y ¿para qué te manda?
-Tienes que ayudarme…
-¡¿Yo?! ¿No tienes a nadie mejor?
-Yo… Yo… Tenía a alguien-  comenzó a llorar y se sentó en la banca.
Lo que me faltaba. Pensó Roma
-Escucha… niña… niña –La joven no parecía hacerle caso – niña… ¿Cómo te llamas?
- Cris… -sollozó – Cristina…
-Cristina, ok… a ver… ¿quieres decirme que te pasa?
-Solo necesito que me des el cigarro, ¿sí?
-¿Este? – preguntó Roma mirando al pitillo que sobrevivía entre sus dedos.
Cris asintió y Roma le acercó la mano con el cigarro, Cris extendió la suya para cogerlo.
-Al carajo con esto –Exclamó Roma tirando al suelo el pequeño hacedor de humo, este voló directo a un charco, ahogándose con un pequeño susurro.
-Escúchame, niña
-Cristina –completó la niña
-Cristina… Mira, no tengo tiempo para esto… tengo que trabajar… así que quiero que me digas, exactamente, ¿qué es lo que te pasa? – y se agachó, lo más que le permitió el vestido, para quedar a la altura de la niña.
-Yo… yo…
Y Roma la vio ahí,  en su banca, con su figura débil y enclenque, en el frio de la noche, con lágrimas congelándose en sus mejillas… y por un momento se vio a ella misma, a la vieja Roma, aquella que todavía creía en la esperanza, en el beso, en el sentimiento… aquella que  había extrañado por tanto tiempo; y una lágrima escurrió por el rabillo de su enorme ojo negro.
-¿Estás bien? –preguntó la niña con una consternación autentica en el rostro.
- ¿En verdad te importa? – contestó limpiándose con la manga de su abrigo negro.
-Ehm…- titubeó – no veo porqué no
Y otra lágrima resbaló.
-Escúchame, niña… voy a ayudarte, pero ya es tarde y hace frío. – Se quitó su pesado abrigo y se lo pasó por los hombros a la niña –ve a casa, vuelve mañana… como a las cuatro, búscame aquí mismo, ¿sí?
-pero… yo… - dijo aquella pequeña en aquel abrigo desproporcional – no puedo volver a casa, mis papás me matarían si me ven llegar a esta hora, y oliendo a cigarro… y… y… - parecía que iba a volver a llorar
-Niña… - suspiró con pesadez –Cristina… vamos a hacer algo, ¿te parece? Dejaré que hoy duermas conmigo, en mi casa.
Y Cristina titubeó, no confiaba en una prostituta desconocida en la mitad de un parque a medianoche; pero algo en aquella joven le parecía honesto… y aquel par de lágrimas que había soltado… no sabría decir quien necesitaba de quien.
-Roma, ¿cierto?... yo… - en ese momento lo vio, aquella criatura peluda, arrugada y sucia, aquel asesino o robachicos; apareció de la nada, con un enorme remo en las manos y una mueca de disgusto y dolor.
-Bruno… - Y roma se levantó inmediatamente, parecía incomoda –Yo… hola, puedo explicártelo.
-No es necesario –dijo apretando el remo con fuerza.
-Niña – y volvió a estar a su altura - ¿ubicas el viejo edificio?, junto al parque.
-¿El de la fachada descuidada?... ¡de piedra pulida!
-Correcto – y le sonrió con vergüenza- el segundo piso, primera puerta a la derecha, la reconocerás, está llena de cartas sin leer… vete, yo te alcanzo en nada, está abierto… nada más una cosa… cuidado con los libros…
La niña asintió, se levantó con aquel abrigo enorme y emprendió la marcha a toda velocidad, parecía que quería salir cuanto antes de aquel lugar.




El fin, parte 5

Libros en el piso, en la mesa y en el colchón.

Tan pronto me fui del parque, de nuevo regresé a la luz de los faroles de las calles. Me sentí a salvo estando fuera de la oscuridad del parque, con el abrigo negro de Roma cubriéndome entera. No ignoro el hecho de que al principio ella no quería nada conmigo; probablemente sigue sin tener intenciones de ayudarme. No lo sé. Pero el haberme cubierto con su única prenda contra el frío me hizo pensar en que ahora estoy a su cuidado, por el momento.

Caminé hacia la derecha, crucé la calle, hasta llegar al edificio que me había dicho Roma: aquel de la fachada descuidada de piedra pulida. Siempre lo había visto cada vez que visitaba el parque, pero nunca supe que alguien podría vivir ahí, pues la creí completamente abandonada por lo muy deteriorada que estaba por los tejados. El segundo piso, primera puerta a la derecha… Recordé la voz de Roma, y entré, resguardándome del mundo de afuera.

 Mientras subía al segundo piso, volví a escuchar su voz… la reconocerás, está llena de cartas sin leer.

No tarde nada en reconocer la puerta que estaba buscando, pues podía ver una cantidad impresionante de cartas sin abrir, algunas todavía blancas y frescas, y otras coloridas de café amarillento por el paso de los años. Todas dirigidas a Roma. La mayoría portaban nombres de hombres: De Juan para Roma; De Reinaldo para Roma; De Segismundo para Roma; De Mauro para Roma…  Entre los sobres recientes había uno vacío, seguramente el único que si ha leído. Mi curiosidad de la carta ausente me hizo decidir tomar el picaporte y abrir la puerta.

El departamento estaba sumido en una oscuridad profunda. No por la poca entrada de la luz de provenía de afuera, sino por el poco espacio que tenía: los muros estaban angostos, difícil de ver los pasillos y hacía donde poner el pie. Me adentré despacio, con mucho cuidado, tratando de buscar el interruptor de la luz. Tropecé. Al estamparme contra el piso había notado que eran libros. Me paré y volteé la mirada, reconociendo el interruptor. Oprimí el botón hacia arriba, y se iluminó toda la habitación. Entonces me di cuenta que estaba en medio de un mundo lleno de torres de libros, de varios grosores, editoriales y tamaños. Recorrí por el pasillo y veía libros por todas partes. En el piso, en la mesa, en las esquinas y en un colchón blanco.

Me cansó el peso del abrigo. Me lo quité y empecé a explorar algunos de los libros que atraían mi atención, como si estuviera en la librería pública. Pude ver que había muchos títulos de Jane Austen, tanto en inglés como en español en diferentes ediciones, tales como Orgullo y Prejuicio, Sentido y Sensibilidad, Persuasión y Emma; también tenía unos de R.L. Stevenson: La isla del tesoro, El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde y Príncipe Otto; otros de literatura fantástica como El Señor de los Anillos, El Hobbit y Cuentos desde el Reino Peligroso de J.R.R. Tolkien, y la colección completa de Juego de Tronos de George R. R. Martín y Eragon de Christopher Paolini; y otros libros clásicos como Cumbres Borrascosas de Emily Blunt, El Conde de Montecristo de Alejandro Dumas, y Moby Dick de Herman Melville. Al contemplar este mundo de libros, me hizo pensar que Roma es más que sólo una mujer joven vestida de prostituta y fumadora.

Creo que ella se siente igual de sola como yo. Las cartas sin abrir afuera de su puerta, la clase de libros que lee. Esos mundos en los que se mete entre cada página parecen ser su manera de escapar de algo de la realidad, algo tormentoso. Desde que murió mi abuela no había dejado de leer Las ventajas de ser invisible; me sirvió para olvidar por un momento de lo que había pasado, de cómo es el mundo ahora. Tal vez pueda ayudarla. No. Probablemente no me permitiría hacerlo. Sólo me dejó quedarme por una noche, nada más. Sabré qué será de mí después de que ella regresé.

Mis ojos me cansaban. Bostecé y me acosté en el colchón. Sentí que había recostado mi cabeza en un libro, me alcé y pude ver el título: La Historia Interminable de Michael Ende. Lo puse a un lado y cerré los ojos, ignorando el papel que salió de entre las páginas, salvo el último fragmento que me resultó familiar: Esperando tu respuesta con el corazón entre los dedos, Nacho. Me sumí en el sueño profundo.

domingo, 5 de octubre de 2014

El fin, parte 4

Estaba en el parque como siempre, en las tardes. Sentada en un columpio, meciéndose, pensando en Peter, pensando en las cosas que iba a hacer con él cuando volviera a la vida, pues él le dijo a Emily que la iba a elegir cuando terminara todo, quería jugar con él a cosas que nunca pudieron jugar. Y cuando estaba abstraída en sus pensamientos llegó la mujer con la que había hablado en el parque, la mujer misteriosa, la que iba a ayudar a Peter, sí, esa mujer. Llegó y se sentó en el columpio de junto y Emily le dedicó una sonrisa. Estaba feliz de verla.

La mujer le dijo – hola Emily-
-hola-
-Oye, ven conmigo- se levantó.
-ok- Emily se levantó y la siguió, la llevó a un lugar retirado del parque.
-Tienes que....-y antes de que pudiera terminar de hablar, se sintió una oleada de aire y las nubes taparon el sol. Emily tenía miedo, por una parte curiosidad, por esas cosas sobrenaturales, pero por otra parte miedo, de que vaya a pasar, Emily no paraba de temblar de miedo y quería romper a llorar, pero de repente se despejó el cielo, dejó de hacer aire y todo estuvo en paz. Y ahí estaba Peter parado enfrente de Emily.

-hola Peter- dijo muy sonriente Emily.
-bueno, pues...-
-hola Emily- le brillaron los ojos, pero él sabía algo que ella no y la miró con cara de como si fuera a pasar algo muy, muy feo.
-¿Qué pasa?- preguntó Emily al captar el tono en el que lo dijo.
-Pues, Emily tenemos que hablar-.
-¿Qué? ¿Por qué? ¿Qué pasa?- la cara de desconcierto de Emily, hizo que se sintiera mal Peter.
-Es que ya cumplí mi misión, pedí permiso para poder despedirme de ti, pues se supone que ya no podía regresar, pero tenía que hacerlo.
-Pero, ya no vamos a....pero...- el la miró con cara de profunda tristeza.
-Es que ya cumplió su misión, era conocer a su padre y ya lo conoció- dijo Scatha.
-Pero Peter, eres mi mejor amigo, ¿Qué quieres que haga con mi vida?-.
-Eres una niña muy buena, eres mi mejor amiga, te quiero y lo mejor que me ha pasado después de mi muerte, pues no recuerdo lo que pasó en mi vida. Me encantó nuestro momento juntos, tu sigue con tu vida yo estaré vigilándote y protegiéndote, espero que sigas siendo tan buena como siempre y no me olvides.- El la miró profundamente, no se desaparecía su mirada de tristeza, pero ahora había algo más, algo que podía ser amor.
-Peter, te quiero, tu también eres mi mejor amigo, no sé como podría vivir sin ti, pero espero que vayas a un mejor lugar, voy a pensar en ti todo el tiempo, nunca te olvidaré, tu porfavor no me olvides, eres el mejor, tu me comprendes como nadie lo a hecho, gracias por ser mi amigo, te extrañaré- lo dijo con lágrimas en los ojos.
-Emily- le sonrió Peter tratando de aguantar las lágrimas mientras la abrazaba.
-Bueno, Peter ya es tiempo- dijo Scatha.
-Ah, si, bueno, adiós Emily y gracias Scatha, gracias por todo- les dedico una sonrisa a las dos, se despidió Emily -adiós, Peter- se fue como llegó, apareció un viento muy fuerte y se nubló el cielo, ahora las dos sabían que estaba pasando, Emily ya no tuvo miedo, pero iba a extrañar a Peter, después se despidió de Scatha, le dio las gracias y se fue con su mamá.





El fin, parte 3

Estoy sentado, pero mi corazón corre. Hace un poco de frio, pero una capa delgada de sudor cubre mi cuerpo. Respiro profundamente. Volteo al asiento de copiloto donde esta el gastado diario de aquella delicada mujer. Se que esta al borde de la locura, pues sus ideas se enciman, una sobre otra. Y todo es mi culpa.
Un destello de luz que marca la trayectoria de otro auto me deslumbra. Y disminuyo la velocidad para cambiar de dirección. Giro a la izquierda, con recuerdos de la noche en la que Alondra venía jugando con mi cinturón mientras nos apresurábamos a llegar a su departamento. Recuerdo sus ojos, abierto como platos, pero tan llenos de energía. Recuerdo sus delicadas manos, su hermosa sonrisa, su largo cuello. Recuerdo su clavícula, asomándose sobre su prominente escote. Recuerdo sus dulces labios sobre los míos, sobre mi cara, mi abdomen, mis brazos, mis manos.
Empujo esos recuerdos fuera de mi mente, pues no es el momento para revivir días llenos de sexo, pero si lo es para arreglar la vida de una de las personas a quienes se la arruine.
Me doy cuenta de que ya llegue. Se ve igual, su lobby esta viejo, pero aun tiene gotas de personalidad. Me dirijo directo al elevador y cuando se abren las puertas me apresuro al interior. Aquí la desvestí. Aquí en esta esquina, le quite el vestido tocándola suavemente mientras lo hacia. Oprimo el piso 8. Mientras sube pienso en que le diré, pero no hay palabras en mi mente que compensen por 7 años de soledad y agonía. Se abre la puerta y entro directamente a su pequeño apartamento. Esta sentada con su espala a mi, hablando.
-Yo lo se, Nico. –Dice calmada, como si no estuviera hablando con un fantasma, o sola, dependiendo de cómo lo veas. –Todo va a estar bien.
Hay un silencio en el que temo respirar, pasan pocos segundos y continua.
-Deje mi diario en el parque. –Dice tristemente, -y ese idiota lo tiene.
Es el momento para que abra la boca.
-Pues aquí esta el idiota, Alondra. El idiota que se ha arrepentido y viene a pedirte perdón.
-Nico, vete a tu cuarto. –dice la criatura de cuello largo dirigiéndose al aire. Sus ojos se inundan con sombras. Sombras de recuerdos y odio cuando nuestras miradas se encuentran. Pero si no me equivoco, también puedo ver un poco de amor. Sus manos, temblorosas, se sujetan a la esquina del sillón donde esta sentada. Abre la boca, pero nada sale. La cierra y intentándolo de nuevo, dice entre temblores:
-Dame mi diario y lárgate de aquí, pendejo.
Me sorprende su respuesta, pues esperaba que corriera a mis brazos, nos besáramos y viviéramos juntos hasta el fin de los tiempos. Se me olvida que no es un cuento de hadas.
-Alondra… espera. –Me acerco y trato de tomarle la mano, pero la aleja de mi. –Perdón.
Es la única palabra que sale de mi boca. Nada más puede explicar lo que siento. La entiendo. En este momento me pongo en sus zapatos, y en lugar de verme a mi frente a ella, veo a Mariza. La puta que me destrozo. Su recuerdo no me duele tanto como antes. Lo que me duele en este momento es que vi el alma rota de esta hermosa mujer, que antes de conocerme estaba intacta. No la amo, pero quiero hacerlo. Creo que es posible llegar a quererla como ella me quiere a mi, pues ambos somos fuertes.
-Lo siento. –Repito. Lagrimas amenazan a derramarse de mis ojos, pero cuando logro ahuyentarlas, la veo llorar.
Su cara esta roja, con los ojos un poco hincados y cubierta de lagrimas. Caminos de sal enmarcan su cara. Pero justo cuando pienso en irme, darme la vuelta y salir de su vida, veo una señal que me da esperanza. Una señal que me llena de amor, pues ella me sonríe. Aun con lagrimas en los ojos, es hermosa.
Nicolás. El hijo que nunca tuve, o tengo, esta parte aun no me queda claro. Mi vida se ha desmoronado y la única constante ha sido ella. Sus miradas perdidas y sus sonrisas a mi alrededor siempre que estaba en el parque, me han hecho saber que siempre hubo una conexión entre nosotros.
Sin saber porque, me inclino y la beso.
Empiezo a mover mis labios con los de ella sin tener una respuesta. Cierro mis ojos pero estoy seguro que ella todavía los tiene abiertos. Lagrimas empiezan a salir de mis propios ojos al recordar el momento de nuestro primer encuentro. La sigo besando pero ella no responde. Intento decirle todo lo que siento ya que al parecer las palabras parecen estar atoradas en el nudo de la garganta que siento desde que leí la entrada de su diario. Me ama, pero no parece. Me siento confundido. Me separo de sus suaves labios triste pero al mismo tiempo emocionado. Me pregunto si ella también sintió la química que hay entre nosotros, pero mi cuestionamiento es contestado dos segundos después cuando ella brinca a mis brazos y me besa. Me regresa la pasión, y entonces entiendo lo que es un beso de amor. Ahora entiendo porque en las películas hablan tanto de estos; nunca había experimentado algo así. He besado a tantas mujeres que he perdido la cuenta, pero nunca nada como esto. Brinca y entrelaza sus largas y hermosas piernas en mi torso. La sostengo fuerte y la guio hacia el sillón gris que guarda recuerdos nuestros. 
-Nico esta en el otro cuarto- dice sin aliento. Sus ojos ahora sostienen un color mucho mas ameno, algo que me tiene todavía más emocionado. Una lagrima sale de mis ojos sabiendo que mi hijo no esta aquí, que no hay nadie en el cuarto de junto y que tal vez, si yo no me hubiera ido las cosas hubieran sido diferentes; pero yo solo le sonrío y la beso otra ves.
-Entonces tendremos que guardar silencio – le susurro al oído y ella ríe. Nunca había escuchado sonido tan agradable, pero parece que mientas más tiempo pasa, más me pierdo en la bella mujer que ahora tengo entre mis brazos. Todo lo que siempre había querido.
Mis manos recorren su cuerpo, intento memorizarla de pies a cabeza. Ella gime, y yo la beso para que guarde silencio. Sus manos recorren mi espalda y llegan a mi nuca, su largos dedos se entrelazan con mi pelo, y tiran de el haciéndome sentir placer. No desperdicia su tiempo y me quita la camisa recorriendo sus frías manos por mi pecho y besándome por todos lados.
-Te amo- dice ella en una voz inocente que me excita más de lo que ya estoy. Me sigue besando apasionadamente.
-Lo se- le respondo mientras le desabrocho el brassiere aventándolo al rincón, donde se quedara por un rato. Tomo uno de sus pechos en mis manos y ella vuelve a gemir. Me hace sentir muy bien que ella este disfrutando esto, eleva mi autoestima si saben a que me refiero.
Todo pasa muy rápido. Besos, caricias, miradas, y palabras fueron intercambiadas mientras hacia el amor por primera vez. Nos recostamos en la cama entrelazados entre sus sabanas blancas, y ella se queda dormida en mis brazos. Verla descansar con una sonrisa en la cara me hace sentir culpable. No entiendo como no me pude haber dado cuenta de lo hermosa que es Alondra, todo paso de la manera equivocada gracias a la puta de Mariza. Me siento culpable ya que ninguna mujer merece ser tratada y abandonada de la manera en que yo las deje, aunque es reconfortante tenerla en mis brazos. Se siente bien ser amado, y eso es lo que ella me hizo sentir mientras intercambiábamos nuestra intimidad.
Me siento mal por ella. Pobre mujer, cree que su hijo esta vivo. Vive en una fantasía, pero me quedo tranquilo sabiendo que no estuvo sola mientras yo no estuve aquí para sostenerla en mis brazos y apoyarla. Bueno, que ella cree no estar sola.
Me gustaría hablar con Nicolás. Voy a ir a ver a la bruja del parque donde mi novia, o lo que sea que es Alondra de mi, estaba todos los días. Mucha gente dice que esta señora convoca a los muertos y puedes hablar con ellos. Es lo único que puedo hacer por mi hijo, por lo menos explicarle porque lo deje, hablar con él de mis errores y por lo menos enseñarle algo, es lo mínimo que puedo hacer como su padre. Quiero decirle que no se preocupe por su madre, ya que estoy aquí para quedarme, se lo debo a él, pero sobre todo a ella, a la más bella de todas, y a la única mujer de mi vida. A Alondra.

El fin, parte 2

Susanita estacionó su automóvil frente a mi garage esa misma noche, estaba despreocupada sin saber aquello que le esperaba. Por mi parte sabía que estaba siendo observado por un par de soldados de la organización, por lo que actué tranquilamente, como si tuviera todo bajo control, aunque admito que sostuve mi aliento mientras estuve afuera hasta que entramos en la casa y cerramos la puerta. Fue entonces cuando por fin pude volver a llenar de aire mis pulmones, y esta bocanada la utilicé para contarle a Susanita todo lo que había sucedido.
-¡Vámonos Susanita! Escapemos de este país tan cruel y vayamos a uno donde la única violencia aceptada sea contra los perros. Te haces la muertita y te llevo en una bolsa de basura en mi troca, lo tengo todo planeado Susanita, te enterraré un par de días y cuando sea seguro iré por ti. Mi amigo Acab manejará un submarino hacia alguna nación lejana, lo tenemos todo resuelto Susanita. Fíjate lo que…
-Horacio- Me interrumpió
-… tenemos que poner en tu ataúd es un par de salchichas, unos cartones de leche y...-
-¿Qué? Horacio no voy a ir a ningún lado-
-…¿Leche con salchichas no te gusta? Podemos ponerte chocolate en polvo si te gusta más. También tenemos que ver qué haremos con la ventilación, tienes algu…-
-¡La leche me vale verga! No voy a ir a ningún puto lado porque te odio. Siempre te he odiado pinche gordo horrible.
Me quede callado, estupefacto con las palabras de mi hermosa Susanita. ¡Ay mi hermosa Susanita! Se revelaba contra mi en el momento más difícil de mi vida.
-Fue mentira, Horacio- Me dijo sonriendo despiadada- Yo le dije a la organización que habías perdido tu lealtad total, luego inventamos esta falacia para que cayeras y mostraras finalmente tu debilidad de puto. Ahora serás encarcelado o desaparecido de la faz de la tierra.
-Ay Susanita qué cosas dices, a veces hasta te comienzo a creer- Dije entre risas nerviosas. – Ya cállate y hazte la muerta, lo demás lo arreglo yo.
-¿Ah no me crees? Aquí está el documento que avala mi propuesta. Échale un ojo -  Y me tendió una hoja larga con un sello de confidencial.
-¡Que te calles y te hagas la muerta Susanita! Tu y yo nos amamos y nos vamos a casar en Trenova.
-¿Qué carajos es Trenova? Seguro alguna de tus estupideces de países inventados. Jamás me acercaría a ti, me pareces desagradable y siento arcadas cuando percibo tu olor ¡ Y eso que trabajo en una salchichonería!
De pronto me quebré y me senté en posición fetal, comencé a llorar a moco tendido, sentí mi pecho sofocado por una presión descomunal.
-Haznos un favor a todos, querido- Me dijo finalmente mientras me entregaba un tubo de ensayo tapado con un líquido rosa- Tomate esto y acaba con la contaminación que sentimos todos al verte.