jueves, 11 de septiembre de 2014

La puta de Mariza

Estoy sentado en la oficina de mi padre, una solo flor blanca se encuentra en un jarrón, su olor es fuerte, pero tranquilo. Y aunque lo ultimo que siento es tranquilidad, la flor me hace sentir un poco mejor.

Se abre la puerta y entra mi padre. Esta enfadado, su cara marcada con esas perpetuas arrugas que tiene en los cachetes. Toma asiento detrás de su escritorio. Refugiándose en eso que siempre considere su trono. Suspira y abre la boca, pero sin saber que decir, la vuelve a cerrar. Lo hace de nuevo. Y para la tercera vez que logra emitir algún sonido, su voz esta contaminada por un enojo que nunca había escuchado antes.

-¿Exactamente que crees hacías acostándote con Mariza? –sus ojos brillan con enojo.

-No es lo que tu crees, -para ser la primera vez que mi padre me disciplina, es mucho más complicado de lo que pensé que seria, -ella no me dijo nada, solo llegaba a la oficina y me provocaba, después de un rato no me resistí más y pues… sabía que era lo que quería…

-Hay millones de mujeres en este mundo, ¿tenias que acostarte con la comprometida de Carlos? Entiendes lo que puede pasar ahora, ¿Alejandro? Sin su ayuda esta empresa probablemente perderá más de la mitad de los ingresos.

-No era eso lo que pensé que pasaría. Pensé que era una secretaría o un residente…

-¡Me vale un carajo lo que pensaste! –grita y golpea la mesa, esto es suficiente para hacer que el jarrón salte y tire todo su contenido sobre su mesa, -¡Estas despedido! ¡Vete de aquí!

Salgo de la oficina rápidamente y con lagrimas amenazando a derramarse, pero no estoy segura si son de tristeza, de enojo o de desesperación. Tal vez es una mezcla de todo. Chingada puta madre. El pensamiento se transforma en un mantra y lo repito cada vez que bajo un escalón. El estacionamiento esta repleto, sin un solo espacio. Me acerco a mi coche, un Audi Q7 que ahora pertenece a la compañía, pero me lo llevaré igual. Abro la puerta y la azoto detrás de mi cuerpo, golpeándome en el codo en el proceso.

-Mierda. –digo sobándome el codo.

-Siempre te masa eso. -Mariza esta sentada en el asiento de copiloto.

Me sorprendo, pero sabía que en algún momento buscaría la forma de contactarme. Se ve hermosa en su corto vestido azul lleno de holanes, parece princesa. La odio.

-¿Qué quieres? –mi voz suena distante.

-Quiero pedirte una disculpa, Ale.

-¿Una disculpa? ¿Por qué querrías hacer eso, Mariza? Ah, ¿tal vez porque acabaste con mi carrera, con mi relación con mi padre, con mis logros de los últimos dos años, porque me engañaste y decidiese omitir que estabas COMPROMETIDA al socio de mi papá?-me doy cuenta de que estoy gritando, pero no es como que me importe mucho, -¿Cuál es tu problema?

-No fue así…

-Pero claro que lo fue. Eres una puta. Una puta maldita. Una perra que solo va detrás de lo que le traerá un buen rato. ¿Pero yo? Yo te di todo lo que quisiste. Te di drogas, te di viajes y comidas caras, y joyas. –mi enojo comienza a calmarse, pasando de una enorme fogata a la luz de una vela. Sigue ahí, pero es más constante.

Me giro hacia Mariza y veo lagrimas en sus ojos. Comienzo a reír. No lo puedo evitar. ¿Como por qué esta llorando? Si ella arruino mi vida, no viceversa. Logro controlar el horrible sonido que ahora sale de me boca, pus no es ni una risa ni un gruñido de dolor, sino una mezcla horripilante de ambas. El silencio inunda el interior del auto. Todo callado excepto los pequeños ruidos que hace esta puta al llorar.

-Sal de mi auto y no quiero volverte a ver, Mariza. Espero que quede claro. –lo digo tranquilamente, como si no estuviera desterrando de mi vida a la mujer a la que amo.

Abre la puerta y pone un pie fuera. Antes de que salga completamente hablo de nuevo.

-Oye…

Voltea, con los ojos rojos, cachetes manchados de lagrimas y una nariz que corre.

-Si intentas hablarme de nuevo publicare los videos.

Azota la puesta y sale corriendo del estacionamiento. La observo hasta que esta completamente escondida detrás de filas y filas de autos. Y una vez que estoy completamente solo, recargo la cabeza en el volante y permito que mis lagrimas confundidas se deslicen por mis cachetes.

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