martes, 9 de septiembre de 2014

Ese día...

El cielo de un sábado de octubre por la mañana se llenó de nubes grises. Las gotas de lluvia cayeron como lágrimas de las mejillas, anunciando que el mundo se vistió de luto. Suena muy deprimente, pero cada quien tiene su propio punto de vista sobre lo que significa un día de lluvia. Para unos, la lluvia representa el renacer de la vida, de las flores y los árboles; para otros, es un mal presagio. No me refiero únicamente a la posibilidad de que uno pueda pescar un fuerte resfriado o llegar a tener la mala suerte de mojarse cuando se le haya olvidado el paraguas, sino a la sensación de que el mundo está triste. Eso es, al menos, lo que Cris pensaba al ver por la ventana cómo la lluvia cae encima de todos los edificios y calles.

Estaba en la iglesia junto con sus familiares, llorando por la lamentable pérdida de su abuela. Pobre Cris. Había perdido a su única mejor amiga desde que era pequeña. Ya no iba a saborear las chispas de chocolate que su dulce abuela ponía en las galletas; ya no iba a beber té de frutos rojos casero como lo hacía su abuela; no más cuentos antes de dormir sobre su infancia o su juventud, pues Cris deseaba poder tener las mismas aventuras que su abuela. Viajar por el mundo, leer muchos libros de autores no reconocidos, explorar lugares desconocidos de la naturaleza. Quería empezar todas esas aventuras junto a ella, pero ya no. Su parte en el mundo había terminado para su abuela. ¿Y la suya? Quién sabe.

El velorio duró la mayor parte del día, y siguió lloviendo hasta el atardecer. Los discursos de sus padres y de su abuelo, ahora viudo, estremeció todo el altar como si los difuntos de las criptas pudieran sentir el gran pésame de los presentes. Luego  de muchas oraciones del Padre Nuestro y Santa María, entre lágrimas y últimos suspiros de dolor dieron con la persignación y abandonaron la iglesia.

Cristina estaba muy afligida. ¿Por qué tuvo que marcharse ahora? Se preguntaba. Su abuela era una persona de buena salud y con mucha energía. Nunca ha fumado cigarrillos, no tenía demencia senil, ni llegó a usar un bastón. Entonces ¿Por qué? Seguía pensando. La verdad no podía resolver su duda. Cris tiene apenas 14 años para poder entender este tipo de cosas. ¿Será que, a veces, la vida decide terminar cuando lo cree conveniente? ¿O se tratará de un simple efecto como lo es mudarse de casa o irse a otro país? Quién sabe. Se dijo.

En el camino a casa, Cris estaba muy callada y pensativa. Necesitaba estar unos minutos a solas. En el momento que llegó a su habitación, se acostó en su cama con el mismo vestido negro puesto. No quería cambiarse, sólo quería abrazar su almohada y hundir su rostro en ella mientras lloraba. Al cabo de unos minutos, o quizá unos segundos, se quedó dormida.

Al día siguiente, Cris se despertó con los primeros rayos de sol que entraron a través de su ventana. La tristeza que sintió el día anterior había desaparecido, aunque no del todo completo. Lo que resta ahora es el último pesar de su corazón. La muerte de su abuela fue un golpe fuerte para su vida. Como deseaba que no hubiera sucedido.

Se dirigió a su baño, y se quitó el vestido negro. Prendió el agua caliente y se metió en la regadera. Le gustaba sentir como el agua recorría por su cuerpo. Le hacía sentir como si estuviera nadando en un pozo profundo dentro de una caverna. Luego de bañarse, se secó y se puso su ropa de costumbre: una blusa casual de color azul marino, unos jeans claros, unos tenis Converse rojos y para cubrirse una sudadera morada. Bajó a la cocina y se preparó un pan tostado con mermelada y un jugo de naranja. Después cogió sus audífonos con su IPhone y salió de su casa.

No sentía la necesidad de avisar a sus papás dónde estaba. Ellos andaban trabajando por ahí. Aun así, les dejó un mensaje de texto diciendo:

Necesitó relajarme. Voy a salir un rato.

Con estás pocas palabras, ellos entienden perfecto el mensaje, pues sólo existe un lugar dónde Cris puede relajarse y despejar su mente: el parque central de la ciudad. 

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