martes, 9 de septiembre de 2014

Ese día...

Una propulsión fétida hizo flotar las cobijas a la altura de su trasero, y aunque el escándalo no lo despertó, pronto el desagradable olor avanzó en forma de espiral hasta alcanzar su nariz y obligándolo a despertar. Reaccionando dejó rodar por la mejilla una intoxicada lágrima que luchaba por defender el ojo de la ácida flatulencia que seguro era mortal.

Se estiró sobre su sillón cama, el cual rechinó, y debido al peso cedió de sus costuras dejando ver el hule entre ellas. Una vez mejor acomodado y más despierto se intentó secar con el dorso de la mano la baba que sentía en los cachetes, sin embargo fue en vano, pues ya estaba seca. Maldiciendo, levantó la muñeca a la altura de su cara y vio que ya eran pasadas las cuatro y media de la tarde; Recordó entonces la noche anterior, cuando se había desvelado preparando las salchichas con mucho esmero y excelente dedicación, midiendo con una exactitud indecente la cantidad óptima de cada ingrediente, luego recordó la carne y cómo le causó un placer excesivo imaginar que esa misma salchicha y las demás bolas de carne cruda que se encontraban escurriendo sangre sobre la mesa habían pertenecido poco tiempo antes a un cerdo, acarició por un segundo ésta última idea y luego se animó en voz alta:“A trabajar”

Después de recortar su bigote con una pulcritud enfermiza (y obviamente usando una escuadra para no errar en la rectilínea) se puso una camiseta toda agujereada de algodón y unos vaqueros rotos en la parte de las rodillas y manchados de lodo en la parte inferior. Así salio de su casa, cargando cruzada en el pecho la gran bolsa cuadrada para transportar salchichas.

Vivía a unas calles del parque de la casa por lo que siempre se iba caminando, y mientras caminaba tarareaba y murmuraba poemas bellos sobre la naturaleza y la vida en los árboles, flores moradas, flores amarillas, y ratas de ojos escarlata.

Cuando llegó eran las 5 de la tarde.

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