lunes, 8 de septiembre de 2014

El Parque de Sofiaté

Las 12 de la noche, la hora muerta, donde todo acaba y todo empieza, donde la luna brilla y las nubes son negras, eran las 12 de la noche.

Una reja, una reja empolvada, una reja con calaveras humanas incrustadas, una reja que huele a libro viejo combinado con moho.

Por todas partes hay árboles, árboles sin vida, nevados pero sin luz. Árboles sin hojas, sin flores, sólo la pura estructura y la base de todo.

Cuervos, no pájaros cantantes que dan los buenos días, no, eran cuervos, los que son como gatos negros con alas pero sin espíritu... cuervos que chillan al unísono en este escalofriante parque.

Frío, frío helado que hace que me rechinen los dientes, frío con nieve agotadora, la arena del desierto que no deja que camines con tranquilidad.

No hay gente, nadie, la soledad se siente en el aire como un peso que tengo que soportar.

Veo a lo lejos luces, tal vez estoy muerta e iré hacia esa luz, pero no, es una luz cegadora que me quita el aliento y lo aniquila de mi ser.

Gris, negro, metal, negro, gris, metal, metal, gris, negro, se ven una y otra vez como una canción de terror. Gris, negro, metal, me recuerdan a mi alma. Colores que predominan en mi vida y en mi ser, colores que hieren, colores que lloran, colores que matan.

Alrededor, un panteón, la muerte se siente y me llega un cosquilleo al darme cuenta de que no huele a nada, la nada espanta, estoy sola y estoy muerta.

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