martes, 9 de septiembre de 2014

Ese día...

Llego al parque con Jorge en una mano y una caja de montonal de recuerdos en la otra. Jorge ladra y trata de correr, pero la correa lo detiene. Me hinco y dejo los recuerdos a mis pies, agresivamente. Jorge me chupa la cara, besos babosos y agresivos cubren mis cachetes.

-Basta ya.                               

Se sienta, moviendo la cola. Es un dálmata de tres años a quien rescate de una perrera que clausuro el despacho. Llevamos casi siete meses juntos, gracias a Dios ya estaba más o menos entrenado. Con manos torpes me acerco a su collar y como un reflejo se tira al piso, llenando su fino pelo de tierra, hojas y pequeñas piedras. Le desato la correa, pero aun lo tengo agarrado del collar. Se sienta y me mira.

-Regresas pronto. No creo que tarde mucho.

Lo suelto y sale volando. Oliendo cada zapato, cada árbol y cada perro que se encuentra en el corto camino que hay de aquí a la plaza. Ya sé a dónde debo ir. Me salgo del camino de pavimento roto, caminando por  hojas muertas y ramas que crujen bajo mi peso. Paso un charco y el lodo inunda mis Converse. Sacudo mi pie con el intenso de sacarme la porquería de mi zapato, no funciona.

-Mierda.

Mi susurro se desintegra en el sonido del bosque. Entre las ramas y el canto de los pájaros, entre el viento y la cascada de agua. Llego a mi banca. Esa banca que encontré cuando quería estar solo. Cuando todo era fácil y mi vida tenia sentido. Me siento y la vieja madera muerde mi espalda, dejo la caja a mi lado, y el olor me asalta. Olor a pasado. Flores silvestres y aire fresco. Mariza.

Saco su falda y pienso en el día que nos descubrieron. Su brazo estaba detrás de mi cuello y su falda estaba colgada de la esquina donde estábamos sentados. Su camisa se encontraba colgada de la manija junto con su brasier y mi boca seguía besando sus clavículas cuando la cara de mi padre se asoma por la puerta. El principio de este horrible final.

Tiro la falda al piso, y saco su perfume. Le quito la tapa y el dulce olor a jazmín escapa, mezclándose con el olor a tierra, a bosque y a vida que ya me rodea. Inhalo, como si fuera la ultima vez que respiraría en la vida. Ah, lo que esta puta me ha hecho.

Quitándome el peso melancólico de encima, me paro y regreso a la plaza, cargando la asquerosa caja con recuerdos como si fuera una de basura. No hay nada que quiera con esta caja. O al menos eso es lo que me repito una y otra vez. Montón de recuerdos de una vida mejor.
Llego a la plaza y me siento en la banca más alejada de la gente. Una que se encuentra casi del otro lado de la enorme fuente. Risas y gritos me rodean. Jorge esta jugando del otro extremo del parque con una hermosa perra fina. De tal palo tal astilla, solo que el no perderá si trabajo, ni se enterará después que la perra estaba comprometida. Silbo tres veces. Rápidas y fuertes. Y entre todas las caras que se detuvieron a verme, varias mujeres tienen sus ojos en mi. Montón de perras. Jorge viene corriendo, y detrás de el esta la persona que acabo con mis mejores años.

-Hola Alejandro.

-Mariza, toma tus cosas y sal de mi vista. –Digo agresivamente y camino hacia donde estacione mi feo auto. Jorge me sigue, pero tiene la cola entre las patas, supongo que sabe que es lo que le conviene.

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