En las afueras de la ciudad, arrumbado, junto a la estación más vieja y descuidada de la ciudad, se encuentra el parque olvidado.
Aquel que ha perdido todo u verdor y, en cambio, se ha vuelto un descocido terreno de paja amarilla, un campo minado, de hormigueros traicioneros, de tierra y mierda seca que flotan en el aire buscando paso hasta tu nariz, hasta tus ojos.
Es éste del que se ha olvidado hasta el nombre y su propósito, aquel que parecen no recordar ni los animales ni las personas a estas horas del ardiente y pesado día.
No sorprende su olor a alcohol. Hay botellas de vidrio rotas tiradas por doquier, pero irónicamente sabe a sed y el cansancio que provoca el simple hecho de verlo. Una caminata hacia una sombra es imposible, por dos razones: la primera es que la presión sobre la cabeza es sofocante y la segunda, es que no existen árboles para cubrirse de las flechas que lanza el sol.
Un loco ignora las tiranías del astro rey; Se sienta a penar, pero incluso entonces astilla sus posaderas con la única banca de madera, quebrada justo por la mitad, y las quema, pues el asiento libera el calor acumulado durante el día.
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