viernes, 12 de septiembre de 2014

Cristina, Sesión 2

Después de recibir la hermosa cartita de mi paciente Cristina, he llegado a la conclusión de que, en efecto, está enamorada de mí. A mí me gustan las mujeres más grandes y más parecidas a mi madre, por supuesto, pero insisto: esta chica necesita un poco de malicia. No puede ser que me haya visto en el funeral y me haya tomado como ángel guardián cuando es mi estrategia comercial apersonarme en los eventos trágicos de la gente para hacerme de más pacientes. OK, tiene 14 años, pero seguro que podría darse cuenta de que no soy un ángel. Así que en esta sesión he decidido corromperla. Por su bien, claro.

-Órale, Cris, que no te va a pasar nada. Mira: alguien tarde o temprano te lo va a ofrecer, mejor que lo pruebes aquí en confianza- le dije mientras le pasaba el cigarro. Ella me miraba con su carita de niña buena y los ojos muy abiertos.

-Fumar es malo. No quiero probar.

-¿Por qué no?

-¿Y si me gusta?

-Pues mejor- le dije mientras le guiñaba el ojo y me acercaba un poco más a ella. Estaba sentada en el diván, con una playera rosa y su bolsita demasiado infantil. Al final le dio una fumada y se puso a toser, como nos pasa a todos la primera vez.

-Asco- dijo entre toses, -sabe horrible.

-¿A ver?- susurré, y le acerqué los labios.

Humo de Cigarrillo....
Sentí como los suaves labios de mi idolatrado terapeuta tocaron los míos. Fue una sensación de ternura y dulzura al momento del contacto, pero bastante enfermiza y toxica. Saboreé el gusto amargo del cigarrillo que hace pocos minutos había ingerido en mi boca. Me aparte al instante, cayendo acostada en el diván. Sentí confusión y miedo por lo que acababa de ocurrir.

-    ¿Te pareció muy atrevido de mi parte? – me preguntó mostrando una sonrisa traviesa llena de demencia maligna. Sus dientes resplandecían como colmillos puntiagudos.

-    Em, em, sí – me había quedado sin voz - ¿Qué? ¿Por qué? – no podía decir otra cosa más que preguntar.

-    Oh, pobre Cris, eres tan inocente – acercó su rostro hacia mí – y tan ingenua.

Sus ojos resplandecían como dos estrellas colapsando. Empecé a temblar por dentro, como si corazón retumbará en grandes tambores. Me quedaba sin aliento. No podía moverme. Me quedé mirando aquellos ojos, que en otro momento fueron las de un ángel, ahora veía unos de serpiente. Nacho apartó su rostro, y después de inclinarse en el respaldo de su silla tomó el cigarrillo de mis manos y chupó el resto del tabaco encendido. Un momento después, exhalo una nube de humo gris, dispersándose en la habitación.

-    Debo decir que me lo esperaba. Apenas eres una adolescente en la cuna de la pubertad, apunto de experimentar nuevas sentimientos y vicios. Pero no te angusties. Pronto lo vivirás.

Seguí callada y algo atónita, pero recuperé poco a poco la movilidad de mi cuerpo para incorporarme hacia adelante. Mi cabeza empezaba a girar sin parar. Hubo un silencio incómodo por unos minutos y Nacho ya había terminado de fumar. Acerco el bote de basura y tiró el cigarrillo, todavía despidiendo algo de humo.

-    Lo que tú necesitas, Cris, es algo de ayuda extra. – se levantó de la silla y camino hacia la repisa apilada de libros – A alguien que tenga experiencia en este tipo de cosas – sacó de una cajita un bloquecito de post – its y una pluma, y empezó a anotar – Y para tu suerte, conozco a la persona indicada para el trabajo. – terminó de escribir y me dio la nota. – Búscala en esta parte del parque.
Recuperé la voz en un instante al leer lo que estaba escrito:

En las bancas del parque, hay un hombre de barba, de ropa andrajosa, con aspecto de vago que siempre anda escribiendo poemas, anda acompañado de una mujer que luce como prostituta. Búscalos a la medianoche. Asegúrate de que nadie te vea. Otra cosa importante: se llaman Bruno y Roma.

-    ¿Cómo sabré que estará ahí cuando llegue? -  pregunte con un poco de miedo, pero me hipnotizaba la idea.

-    Lo sabrás cuando la mujer te vea, pues le he dicho cosas sobre ti.

No comprendí cómo me metí en todo esto. Me intrigaba la idea de aventurarme en noche, a pesar del temor que sentía. Con esto terminó mi sesión con Nacho y salí de su despacho, hacía las calles oscuras.       


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