lunes, 22 de septiembre de 2014

Por qué odio a los perros

Haber asesinado al perro no me causó ningún placer, al contrario, asesinar animales despierta en mi odio y rabia. Me hace recordar que nunca podré vengarme completamente de aquellos cuadrúpedos pulgosos con bocas mugrosas y lenguas rasposas.

Hay días que, mientras camino a mi casa, voy recordando su agresión, voy acordándome de como se llevaron a mi pequeña hermanita... ¿Qué? ¿Qué si la mataron? No, cometieron un acto aún peor contra ella, me cuesta trabajo incluso describir el crimen.

Por algo los animales son salvajes, me da asco pensar en quién dijo que “los perros son los mejores amigos del hombre” esos imbéciles o estaban enfermos o estaban estúpidos.

Los perros, debajo de su cabello en movimiento entre bailes de emoción falsa cuando llegas a tu casa, de su agitamiento de cola rogando por tu atención y las caricias, de sus besos mojados demandando que los saques a pasear al parque, debajo de su hipocresía interesada, de su falsedad y lambisconería, existe un mal diabólico.

Regresan a mi las imágenes de sus hocicos manchados de sangre, arrancando la pureza a mordidas, lamiendo el pudor de mi pequeña princesa, rodeándola y seduciéndola con ladridos. Extirpando gritos de goce de un alma suficientemente inocente e ingenua como para notar la aberración que estaba sucediendo.

Cuando todo terminó la ropa de una pequeña yacía desgarrada en el piso, a su lado se encontraba una mujer desnuda respirando profundo, recuperando su aliento, una mujer ya, la metamorfosis estaba terminada y yo había perdido a mi pequeña hermana.

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