martes, 23 de septiembre de 2014

El Rey del parque

Eran alrededor de las dos de la tarde y el parque se abrió frente a la joven Roma.

Portaba una camisa usada y una playera de algún estampado extraño que ni ella alcanzaba a conocer, el cielo olía a sol nublado.

Caminó con seguridad ignorando a los plebeyos, arrastrados en prendas de marca y sonrisas sintéticas. Caminó con seguridad olvidando sus pasos firmes, siendo guiada por inercia al trono de madera vieja.

Y ahí estaba el rey del parque, aquel hombre viejo y sabio de una barba larga, tintada en negro y plata. Aquel hombre de lujo harapiento, aquel poeta oculto, y aquel… su único amigo.

Roma se sentó solemne a su lado, sin mirarlo, sin hablarle; y el aroma de abandono llegó a su olfato.
 
-Sol- pronunció aquel hombre con una seriedad fúnebre – que quema mis labios secos, secos de gritar sin decir palabra, sin besar, sin hablar con nadie de aquel sol loco que los convierte en polvo.
 
-Luna- contestó Roma sin dejar de mirar al frente –Que enfría mi piel que el sol abrazó, y mi garganta se cansa de tantas lágrimas heladas, de tantas noches desveladas.
 
-No me gusta- Respondió el hombre con hosquedad – muy… azul.
 
-Eso dices porque son las dos y ya tienes hambre.- Exclamó Roma con una sonrisa cariñosa.
 
El hombre se frotó la barriga, la cual respondió con un gruñido desganado.
 
-calma, calma – rió la joven, con una risa poco usual… honesta pero con miedo o tristeza, avergonzada.
 
Sacó entonces dos pequeños y arrugados bultos del bolsillo trasero de su pantalón y le ofreció uno a su acompañante. Este se lo arrebató con cierta desesperación y lo abrió con dedos anestesiados.

-emparedado de jamón aplastado, ¿eh? – dijo el hombre con un tono casi desgastado.

 -y dos uvas – agregó Roma sacando unas cuentitas moradas del bolsillo de su camisa.
 
El rey las miró un momento antes de aceptarlas.
 
-Al menos no te sentaste en este par. –escupió en lo que podría haber pasado por una sonrisa.
 
-Bruno… a veces no entiendo cómo resistes este tipo de vida…
 
-yo sí –susurró inaudible para Roma– no lo hago.
 
Y se tragó las uvas sin decir nada más.

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