Un pájaro se posa en la rama más baja del árbol delante de mi. Estoy en aquel callado escondite donde el mundo se paraliza. Donde la única señal del tiempo es el sol, el aire y los pájaros. Estoy sentado, tratando de convencerme de que hoy es la noche en la que la puta será desterrada de mi mente. Estoy tratando de escoger un bar o tal vez un prostíbulo. No estoy seguro de cómo manejar esta situación, pues los últimos meses han estado llenos de mujeres tan fáciles que con un solo click me brindan sus secretos. He vito todos los videos de mis páginas favoritas, y ahora me cuesta trabajo excitarme con las mujeres dentro de mi computadora. Vaya vida la mía. En ese momento un silencio impresionante llena el parque, y es ese el momento en el que decido que mis pensamientos me están confundiendo. Me pongo de pie y camino, esperando escuchar a un animal de cuatro patas detrás de mi. A un perro llamado Jorge. Sigue enfermo gracias al desgraciado que ahora lleva un moretón en el ojo a todas partes, añadiendo más horror a su cara. Cuando llego al camino de concreto, la veo. Esta delante de mi, alimentando unas palomas. Su pelo negro cubre parte de su cara y recuerdo esa vez que la vi cuando le di una paliza al estúpido de Horacio. Es pequeña, pero no se ve débil. Aún así quiero protegerla. Su parecido a Camila es mucho desde esta distancia. Pero como me voy acercando, me doy cuenta de que sus cachetes son más grandes, sus ojos más pequeños y su cara más rozada. Nos miramos a los ojos, tan solo un segundo. Pero es suficiente. En ese segundo veo su inocencia, su timidez. Por primera vez en mucho tiempo, los pensamientos que inundan mi cabeza no tienen nada que ver con el sexo, no veo lo que trae debajo de la ropa, ni lo que representa para mi como mujer, no veo el abandono, ni a las mujeres que han abandonado mi vida. Veo a mi hermana. A la que no he visto en más de 2 años. A quien he lastimado y corrompido sin querer hacerlo. Momentáneamente, la niña que esta frente a mi crece unos años, su pelo es más largo, su fracciones más finas. Su cuerpo más esbelto, sus manos más chicas, sus uñas pintadas. Es Camila. Me acerco a ella, y como en trance arranco la flor más hermosa de una buganvilia y se la doy. Sonrío y doy media vuelta. Cuando estoy a algunos pasos de distancia, me asomo por encima de mi hombro y veo a una chiquilla de 14 años, observando muy confundida la flor que tiene entre las manos. Mi hermana ha desaparecido. Otra vez. Pero ahora no fue mi culpa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario