-Ale...jandro- me corrijo al vuelo. Si de por sí vienen cosas pesadonas, más vale tener al muchacho de buen humor. Yo, en cambio, estoy de un humor de perros, por que revisando mis notas, los videos del psiquiátrico y las cartas que me he estado robando, he llegado a la conclusión inevitable de que este adicto a la pornografía, este hijito de papi que pudo haber tenido a quién quisiera, es el desgraciado que embarazó a mi palomita, a mi Alondra. Así es: Alejandro es el papá de Nicolás el desaparecido, el re-aparecido, el amigo imaginario de Emily, el fantasma que pide ayuda a Scatha, la loca aquella que tuve que sacar del psiquiátrico cuando, claramente, es una amenaza para la humanidad. ¿Por qué me siguen los locos? Bah.
-Ni esperes que hable, que después de mi día de hoy estoy de un humor...- advierte Alejandro.
-Pero esto es terapia...
-Entonces habla tú, cabrón, que yo no quiero.
-¿Qué te pasa?
-¿Qué crees? Que soy un fracasado. Que no he logrado nada en esta puta vida, eso me pasa. Que soy un hijo de papi. Eso. Que la única mujer del mundo no me quiere y se fue a casar con otro. Que...
-¿La única mujer?- le pregunto, -¿nunca te has enamorado de otra?
-Nunca.
-¿Ni siquiera de una con nombre de pájaro y hermosos ojos verdes?
-Ah... déjame pensar... pues, me acosté con una ecuatoriana que se llamaba Golondrina, pero tenía ojos cafés...
-¡ALONDRA! ¡Se llama Alondra! ¿No te acuerdas de ella?- me costó trabajo controlar mi tono de voz, enfurecido como estaba de que Alondra hubiera sido para éste tipo solo una más.
-Humm.... no me suena.... pero puede ser.
-¿¡No te suena, hijo de puta!? ¡Pues adivina qué! ¡En esa noche que nada te significó, la dejaste embarazada!
-¿Tengo un hijo?
Mi mente da vueltas a la idea. Una mujer llamada Alondra, con ojos color esmeralda. Tengo un hijo. La idea de un pequeño ser que es parte de algo mío me aterra.
-Imposible. –digo, pero mi voz no suena segura, sino inquieta.
-Claro que no lo es pendejo, -dice el estúpido de mi “psicólogo,” –¿de verdad te sorprende? ¿Con cuantas te has acostado? ¿Ochenta?
Tiene razón, a estas alturas debería ser más impresionante que no tuviera uno, pues han sido tantas mujeres, que he perdido la cuenta después de las primeras cincuenta, pero estoy seguro de que fueron bastantes más que ochenta. Mi cabeza retumba y mi corazón palpita fuertemente. Me siento como en un sueño.
-No lo sé… no recuerdo.
-¿No lo recuerdas carbón? ¿No recuerdas sus inocentes ojos? ¿No te sientes culpable ahora que la ves en el parque? ¿No…
-Espera… ¿es la mujer del parque? –digo asombrado, con la imagen de una mujer alta de pelo negro y grandes ojos sentada en una banca. Recuerdo el día que me acerqué a ella y platicamos, su mirada me había cautivado a la distancia. Recuerdo como me llevó a su casa, donde fuimos recibidos por un gato. El animal era muy agradable, raro en una animal como ese, pero aun después de que lo tomé entre mis manos y lo cargué, no me gruñó. Fue un día interesante, pues aunque no se que vio en mi, la pasión que demostraba en cada movimiento era impresionante. Fueron dos rondas, la primera fue tranquila y lenta, mientras que la segunda fue mucho más salvaje. Recuerdo que me dio su número, pero lo “perdí.”
-Si, imbécil.
-Ya lo recuerdo. –digo lentamente, tratando de creer yo las palabras que salen de mi boca.
-Pues si. Tenías un hijo. Se llamaba Nicolás y…
-Espera… ¿tenía? –mi voz se rompe con la ultima sílaba.
-Si, murió. –dice lentamente, con una mezcla de crueldad y tristeza en los ojos. Este hombre me da miedo.
-Hasta aquí llego, me voy. –digo poniéndome de pie. –No te molestes en marcarme. No regresaré.
-¿Será que no puedes con el peso de tus acciones? –dice con una sonrisa maliciosa.
-No es eso, solo…
-¿Solo que?
-Solo debo irme. –mi voz suena dura como piedra.
Escucho como me habla Nacho a mis espaldas, pero no puedo parar. Debo llegar a casa. Camino y camino, tan rápido que la gente que esta en la calle me abre paso. Tiro una bolsa, pateo una caja, piso a una pobre anciana, pero en este momento lo más importante es llegar a mi casa. Llego al edificio y subo en el elevador, donde paredes de metal me encierran. En ese momento me recorre el cuerpo un escalofrío. Puedo ver mi aliento en este congelador, nube tras nube de vapor que sale corriendo de mi boca. Solo faltan doce pisos. Once. En ese momento una sombra se aparece detrás de mi. Es una sombra con enormes ojos verdes y chinos que caen como cascadas alrededor de su cara. El tiempo de detiene. Y yo me petrifico, pegándome contra la helada esquina del elevador. Cierro los ojos fuertemente. Esto no esta pasando. Esto no esta pasando. Esto no esta pasando. Me repito una y otra vez este mantra. Este mantra protector. Abro los ojos y estoy tirado en el suelo del elevador.
¿Qué me esta pasando?
Mi mente da vueltas a la idea. Una mujer llamada Alondra, con ojos color esmeralda. Tengo un hijo. La idea de un pequeño ser que es parte de algo mío me aterra.
-Imposible. –digo, pero mi voz no suena segura, sino inquieta.
-Claro que no lo es pendejo, -dice el estúpido de mi “psicólogo,” –¿de verdad te sorprende? ¿Con cuantas te has acostado? ¿Ochenta?
Tiene razón, a estas alturas debería ser más impresionante que no tuviera uno, pues han sido tantas mujeres, que he perdido la cuenta después de las primeras cincuenta, pero estoy seguro de que fueron bastantes más que ochenta. Mi cabeza retumba y mi corazón palpita fuertemente. Me siento como en un sueño.
-No lo sé… no recuerdo.
-¿No lo recuerdas carbón? ¿No recuerdas sus inocentes ojos? ¿No te sientes culpable ahora que la ves en el parque? ¿No…
-Espera… ¿es la mujer del parque? –digo asombrado, con la imagen de una mujer alta de pelo negro y grandes ojos sentada en una banca. Recuerdo el día que me acerqué a ella y platicamos, su mirada me había cautivado a la distancia. Recuerdo como me llevó a su casa, donde fuimos recibidos por un gato. El animal era muy agradable, raro en una animal como ese, pero aun después de que lo tomé entre mis manos y lo cargué, no me gruñó. Fue un día interesante, pues aunque no se que vio en mi, la pasión que demostraba en cada movimiento era impresionante. Fueron dos rondas, la primera fue tranquila y lenta, mientras que la segunda fue mucho más salvaje. Recuerdo que me dio su número, pero lo “perdí.”
-Si, imbécil.
-Ya lo recuerdo. –digo lentamente, tratando de creer yo las palabras que salen de mi boca.
-Pues si. Tenías un hijo. Se llamaba Nicolás y…
-Espera… ¿tenía? –mi voz se rompe con la ultima sílaba.
-Si, murió. –dice lentamente, con una mezcla de crueldad y tristeza en los ojos. Este hombre me da miedo.
-Hasta aquí llego, me voy. –digo poniéndome de pie. –No te molestes en marcarme. No regresaré.
-¿Será que no puedes con el peso de tus acciones? –dice con una sonrisa maliciosa.
-No es eso, solo…
-¿Solo que?
-Solo debo irme. –mi voz suena dura como piedra.
Escucho como me habla Nacho a mis espaldas, pero no puedo parar. Debo llegar a casa. Camino y camino, tan rápido que la gente que esta en la calle me abre paso. Tiro una bolsa, pateo una caja, piso a una pobre anciana, pero en este momento lo más importante es llegar a mi casa. Llego al edificio y subo en el elevador, donde paredes de metal me encierran. En ese momento me recorre el cuerpo un escalofrío. Puedo ver mi aliento en este congelador, nube tras nube de vapor que sale corriendo de mi boca. Solo faltan doce pisos. Once. En ese momento una sombra se aparece detrás de mi. Es una sombra con enormes ojos verdes y chinos que caen como cascadas alrededor de su cara. El tiempo de detiene. Y yo me petrifico, pegándome contra la helada esquina del elevador. Cierro los ojos fuertemente. Esto no esta pasando. Esto no esta pasando. Esto no esta pasando. Me repito una y otra vez este mantra. Este mantra protector. Abro los ojos y estoy tirado en el suelo del elevador.
¿Qué me esta pasando?
No hay comentarios:
Publicar un comentario