martes, 23 de septiembre de 2014

Crónica de un enamoramiento... La Piedra Helada

En aquella pierda helada existía un recuerdo olvidado, una historia que la había intentado suprimir pero que aún volvía a su memoria. En aquella piedra fría y seca que intrínseca se había acostumbrado a bombear sangre demasiado liquida, diluida en lágrimas.

Resultó entonces que en el verano del 2011 una joven lamentaba la muerte de su padre y luchaba con la sombra de su ausencia; Conoció por azares del destino a un joven encantador, prospecto artista de encantador perfil y sonrisa  detenida en el tiempo y herrada siempre en aquella, ahora, piedra helada.
En un principio consideró la posibilidad de vender sus libros para rentar un pequeño lugar donde vivir, al menos por un tiempo, así que la joven se encontraba esa tarde de librería en librería.
Fue ahí donde lo conoció, entre novela histórica y poesía.

Ella estaba comparando unos tomos de la librería con unos que tenía en casa, cuando una voz se dirigió hacia ella.

-Si vas a comprarlo hazlo, pasados los diez minutos de convencimiento propio es porque el libro no es para ti.
La joven de ojos grandes se volteó para ver a un joven alto, de cabello castaño y ojos claros, mirada firme y líneas articuladas.
-No voy a comprarlo…
-Eso mismo estoy diciendo yo – la interrumpió el joven de ojos claros.
Ella evitó su mirada, que era sentenciosa y parecía esperar algo a cambio, algo que ella había perdido hace tiempo.
Sin embargo la enfrentó una última vez antes de excusarse y salir de la tienda.
Lamentablemente para ella, no sería la última vez que lo vería, no, estaba lejos de serlo.
Estaba la joven en un parque al que solía ir junto con su padre, mirando a la gente, recordando los gritos alegres de los niños con quienes jugaba, los juegos que la separaban de su realidad por horas y horas; estaba ensimismada en ello cuando sintió un cambio de peso en aquella banca, (que en ese entonces, por cierto, todavía no estaba tan despintada y fúnebre).

-Ver a la gente es una obsesión sherlockianamente espeluznante, ¿lo sabes?, puedes ser muy buena en ello o muy mala, pero después de todo no deja de ser la manera más presuntuosa de hablar con uno mismo.
Y era el mismo joven de ojos claros, claro, ella no recordaba.
-¿disculpa?
-te conozco – sonrió él – en la librería, el otro día… estabas mirando un ejemplar bastante viejo y feo… ¿no?
- arcaico y viejo… - se lamentó la joven en un susurro.
-¿perdón? – y no tuvo respuesta – lo siento, ¿dije algo malo?
-me estás siguiendo – sentenció la joven de ojos grandes – llevo viéndote desde que llegué al parque… así que, dime, ¿Qué se te ofrece?
-vaya – suspiró- eres directa, ¿eh?... bueno, con esa misma… “franqueza”… sí, te vi cuando llegaste y no encontraba la manera de hablar contigo.
- ¿por qué? – preguntó ella con honesta incertidumbre.
-porque no se me ocurría que decir.
-¡No! – se exasperó – no… ¿por qué querrías hablar conmigo?

El joven no se esperaba eso así que titubeo antes de contestar.

-dime una razón para no querer hacerlo – sonrió – pero tiene que sr muy buena, si se te ocurre una razón autentica para no hablar conmigo la aceptaré y me iré… pero si no…

Y fue un “si no”, pues pasadas un par de horas ellos ya habían establecido una amistad bastante autentica, congelados sobre su banca mientras el resto del parque giraba como un tiovivo, autómata discreto que impotente pasaba junto a este par.

Él la invitó a quedarse en su casa mientras conseguía el dinero para un propio apartamento, aunque día tras día ella comenzaba a sentirse cómoda en aquellas paredes, con aquella compañía.

Y así comenzó; fue un día, luego otro, y otro, una tarde, un día, y poco a poco aquella banca se volvió una crónica de aquella relación y de aquella tarde lluviosa.

Estaba atardeciendo delicadamente mientras la joven pareja platicaba de literatura clásica, poesía y arte en general, fue entonces que el cielo en una caricia apresurada comenzó a filtrar gotas, luego cubetas y al final manguerazos de agua fría. La joven pareja corrió buscando un refugio y lo que comenzó como una retirada escabullida terminó como un juego y entonces, por un momento, la joven revivió aquellos momentos de embriaguez, de confianza, y el mundo se detuvo como nunca lo había hecho antes, ella ya no era ella porque él, que abarcaba tanto espacio dentro de su nueva realidad, no le daba plaza para nada más en el mundo. Y allí, tras un momento de adrenalina y agua, compartieron un beso, húmedo y honesto, que ella recordaría por siempre.

Y así los besos marcaron los días y las palabras se fueron terminando en aquel mundo donde un segundo valía una eternidad, y una eternidad se volaba en un segundo.

Tuvieron días de labios, tardes de palabras y noches de piel, y ella pensaba que su vida al fin retomaba los colores.

Pero a veces la vida pasa demasiado rápido y el rollo se termina con el pasar de la cinta.
Pues así fue que una tarde, volviendo la joven de una caminata por el parque, sorprendió a él con otra ella, en aquel sofá que le había pertenecido por varios meses, en aquellas paredes que la habían acogido, en aquellos brazos que la habían rescatado, en aquellos labios que tanto la conocían… en aquella persona que ahora desconocía.

Y su banca siguió allí, y aquellos días de lluvia la habían despintado y oxidado, y aquel parque que la había observado desde que corría con su parque conoció sus lágrimas en aquella noche en la cual una joven sola se cubre el rostro mientras la débil luz del farol la cobijaba, bajo el manto de la noche, aquella piedra helada.

Y prometió entonces no volver a caer bajo la frágil protección de sus ilusiones, bajo su boba sonrisa infantil, bajo aquel manto frio que era lo único que le pertenecía, eso y aquella piedra que se apretaba en su pecho y le helaba la sangre, revestida en lágrimas.

Aquella piedra fría que con el centro hueco se bañó en maquillaje y perfume barato, en una sonrisa falsa, en una figura de la noche en la cual fue forjada, como hija de la luna y de aquella luz de la farola.



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