jueves, 2 de octubre de 2014

Dos chicas

Estaba ahí, en la tranquilidad de la noche.
Era uno de esos días en los que no tenía trabajo fijo, y como Roma siempre necesitaba la plata, tenía que salir a buscarla.
Así que allí estaba, entre suspiros de humo, recargada en el triste farol en la profundidad del parque.
Habría preferido ir a platicar con el rey, pero a esas horas probablemente estaría dormido, además, no podía ni imaginarse su reacción si la viera vestida así, con aquel vestido negro que le remarcaba hasta el páncreas, en aquel trabajo del cual no se atrevía a confesarle ni una céntima a aquel rey, viejo amigo, amigo viejo.
Así que allí estaba, esperando, hasta que unos pasos corriendo la recibieron sorprendida.
-¿Tú eres Roma? – dijo una voz entrecortada a falta de aire.
-¿disculpa?
-sí, la fumadora del parque- afirmó la escuálida joven
-Mira niña, estoy trabajando… no me
-¡Sí! ¡La prostituta!- la interrumpió
-Puta madre, niña, ¿a eso vienes?
-No… vengo a… a…- balbuceó la joven
-¿a… a…? – continuó Roma irritada
-ehm… ¿fumar?
-Fumar… -susurró Roma – Fumar… Niña, si tu mamá no te da dinero para los tuyos, no pienso que sea buena idea…
-¡No, no estoy aquí por eso! – la joven parecía muy apenada – me envió Nacho
Nacho, ese nombre… le sonaba familiar a Roma, lo había oído hace poco… en algún lugar… y tenía que descifrarlo.
-Nacho… y ¿para qué te manda?
-Tienes que ayudarme…
-¡¿Yo?! ¿No tienes a nadie mejor?
-Yo… Yo… Tenía a alguien-  comenzó a llorar y se sentó en la banca.
Lo que me faltaba. Pensó Roma
-Escucha… niña… niña –La joven no parecía hacerle caso – niña… ¿Cómo te llamas?
- Cris… -sollozó – Cristina…
-Cristina, ok… a ver… ¿quieres decirme que te pasa?
-Solo necesito que me des el cigarro, ¿sí?
-¿Este? – preguntó Roma mirando al pitillo que sobrevivía entre sus dedos.
Cris asintió y Roma le acercó la mano con el cigarro, Cris extendió la suya para cogerlo.
-Al carajo con esto –Exclamó Roma tirando al suelo el pequeño hacedor de humo, este voló directo a un charco, ahogándose con un pequeño susurro.
-Escúchame, niña
-Cristina –completó la niña
-Cristina… Mira, no tengo tiempo para esto… tengo que trabajar… así que quiero que me digas, exactamente, ¿qué es lo que te pasa? – y se agachó, lo más que le permitió el vestido, para quedar a la altura de la niña.
-Yo… yo…
Y Roma la vio ahí,  en su banca, con su figura débil y enclenque, en el frio de la noche, con lágrimas congelándose en sus mejillas… y por un momento se vio a ella misma, a la vieja Roma, aquella que todavía creía en la esperanza, en el beso, en el sentimiento… aquella que  había extrañado por tanto tiempo; y una lágrima escurrió por el rabillo de su enorme ojo negro.
-¿Estás bien? –preguntó la niña con una consternación autentica en el rostro.
- ¿En verdad te importa? – contestó limpiándose con la manga de su abrigo negro.
-Ehm…- titubeó – no veo porqué no
Y otra lágrima resbaló.
-Escúchame, niña… voy a ayudarte, pero ya es tarde y hace frío. – Se quitó su pesado abrigo y se lo pasó por los hombros a la niña –ve a casa, vuelve mañana… como a las cuatro, búscame aquí mismo, ¿sí?
-pero… yo… - dijo aquella pequeña en aquel abrigo desproporcional – no puedo volver a casa, mis papás me matarían si me ven llegar a esta hora, y oliendo a cigarro… y… y… - parecía que iba a volver a llorar
-Niña… - suspiró con pesadez –Cristina… vamos a hacer algo, ¿te parece? Dejaré que hoy duermas conmigo, en mi casa.
Y Cristina titubeó, no confiaba en una prostituta desconocida en la mitad de un parque a medianoche; pero algo en aquella joven le parecía honesto… y aquel par de lágrimas que había soltado… no sabría decir quien necesitaba de quien.
-Roma, ¿cierto?... yo… - en ese momento lo vio, aquella criatura peluda, arrugada y sucia, aquel asesino o robachicos; apareció de la nada, con un enorme remo en las manos y una mueca de disgusto y dolor.
-Bruno… - Y roma se levantó inmediatamente, parecía incomoda –Yo… hola, puedo explicártelo.
-No es necesario –dijo apretando el remo con fuerza.
-Niña – y volvió a estar a su altura - ¿ubicas el viejo edificio?, junto al parque.
-¿El de la fachada descuidada?... ¡de piedra pulida!
-Correcto – y le sonrió con vergüenza- el segundo piso, primera puerta a la derecha, la reconocerás, está llena de cartas sin leer… vete, yo te alcanzo en nada, está abierto… nada más una cosa… cuidado con los libros…
La niña asintió, se levantó con aquel abrigo enorme y emprendió la marcha a toda velocidad, parecía que quería salir cuanto antes de aquel lugar.

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