Estoy en mi banca, acariciando la madera desgastada con los dedos de mi mano derecha, mientras que la izquierda sujeta un cuaderno, cubierto de lágrimas y manchas de tinta. Con la imagen de un pequeño con pelo café chino, ojos verdes. Mi mirada se quedó clavada en la última entrada, pues hojee el diario y no entendía de quien era hasta que llegue aquí. La entrada número 52. Está maltratado, con páginas rotas, arrancadas, arrugadas, quemadas, pero casi todas se vuelven a unir al cuaderno con pedazos de cinta.
Me amaba. No puede ser.
Me pongo de pie, y agradecido de dejar a Jorge en casa, corro hacia los columpios. Su silueta llama mi atención, su cabello negro la cubre como un manto, pues es tan largo que le llega a la cadera. Tiene manos pequeñas, eso recuerdo. En ese momento se inclina un poco hacia enfrente y veo a pendejo de mi “psiquiatra.” Esta vestido de la forma más ridícula que lo he visto, brillando bajo el farol, pues son las 12:00 de la noche. Tiene una pijama rosa y un saco sobre este. Sus ojos viajan, no fijándose en nada. Esta borracho.
-¡Nacho!
Con este grito, la hermosa criatura gira su largo cuello y me mira. Nuestros ojos conectan.
-¡Oh! El niñito quiere pelea.
Se acerca tambaleante y se para delante de mi, con las manos en la cadera y una desagradable mueca en la cara, abre la boca y puedo oler el alcohol. Levanta el puño y lo esquivo.
-Vete, que te voy a lastimar. –digo con tono amenazador, -y tengo mejores cosas que hacer.
-¿Por qué no lo intentas?
En ese momento mi puño conecta con su nariz, un fuerte CRAK llena mis oídos y sus manos cubren su cara. Manchas rojas aparecen en el obscuro pavimento.
-Hijo de puta. –balbucea el borracho.
Levanta el puño y me golpea en la mandíbula. No muy fuerte, pero aun así duele. Mi paciencia se agota y mi pierna se conecta con su rodilla, no la rompo, pero le duele.
-¡AH!
El dolor cubre mi pierna, pero la levanto de nuevo, y mientras Nacho está doblado, abrazando su rodilla, lo golpeo en el estómago. Cae desmayado. Probablemente una mezcla de dolor, falta de aire y alcohol. Recojo el diario que seguramente se cayó durante la pelea y giro para ver una banca vacía, alumbrada por la luz color naranja de un farol. Mierda. Y ahora como encuentro a la mujer con su historia escrita en los ojos. Decido guardar el diario en el bolsillo de mi chamarra, y brincando a Nacho me dirijo a mi coche. Es tarde pero debo encontrarla.
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