Martes
Hoy en la escuela cargué con las emociones más fuertes que pude sentir en toda mi vida. En todo el día, a pesar de que tomaba apuntes y prestaba atención a mis maestros, me perdía mucho en mis propios pensamientos sobre mi abuela. Ha pasado más de una semana desde que fue su velorio y todavía me persigue el recuerdo de mi abuela tendida en su ataúd, con los ojos cerrados, y su mirada, que alguna vez estuvo llena de gentileza y dulzura, se encontraba apagada. Sus manos sostenían un ramo de flores blancas, en señal de su bondad y pureza que ha dejado huella en las memorias de mi familia y en la de sus amistades. Yo la estaba mirando, a mi única amiga en el mundo, completamente dormida para no volver a abrir los ojos. ¡Ay de mí!
Sentía cómo mi cuerpo estaba temblando involuntariamente. Las proyecciones que contenía mi mente estaban chocando contra mi concentración en el presente: yo en mi escritorio, sosteniendo mi pluma sobre mi cuaderno, tratando de anotar lo más importante de las diapositivas que exponían mis maestros. Por más que intentaba superar ese dolor, esa angustia que apretaba mis pulmones, simplemente no podía. Estuve luchando contra mis propios impulsos, incitándome a estallar en llanto. No pasó mucho tiempo de que sonara la campana de la salida y mis compañeros salieran del salón, salvándome de cualquier mirada curiosa (hasta la de mi profesor de Historia, Paulin). Recogí mis cosas antes de salir, y guardé el resto de mis cuadernos en mi casillero.
De repente, en el pasillo, mis ojos empezaron a disiparse poco a poco, sólo lo suficiente hasta que llegué al camión. Siempre me siento en la primera sección de la derecha, cerca de las puertas para poder salir rápido. Es muy cómodo y efectivo, pues me hace ser la primera en salir a mi parada. Pero a veces, cuando me ganan mi lugar de enfrente, tengo una de dos opciones: pedirle a alguien que me cede parte de su lugar - pues son dos asientos en una sola fila – en donde normalmente pone su mochila, o quedarme parada en todo el trayecto, sosteniéndome del barandal como si estuviera andando en el metro. Y para mi mala suerte, cuando entré al camión, mi asiento de siempre estaba ocupado por las gemelas Cervantes, las chicas más bonitas y populares de su generación en tercero de secundaria. No tuve de otra más que poner mi bolsa en la repisa y quedarme parada hasta llegar a mi parada. Hubiera pedido a otra persona que me dejará tomar asiento, de las pocas que llegué a alcanzar que tenían espacio, pero me sentía muy nerviosa en hacerlo; además, sus mochilas estaban ocupando esos asientos vacíos.
Cuando llegué a casa, me descargué de mi bolsa llena de mis cuadernos y carpetas, saludé a mi abuelo que se encontraba leyendo en el estudio, y después de comer un tazón de cereal con trocitos de plátano, salí hacía el parque.
En el camino saqué mis audífonos con mi IPod, y empecé a escuchar Transatlanticism de Death Cab For Cutie. Recuerdo que la había escuchado por primera vez en la película El Encanto de la Bestia, en la escena cuando Kyle, ya convertido en “bestia”, sigue a escondidas a Lindy desde su apartamento hasta la dulcería. Desde que escuché la letra y el ritmo pegajoso de los rasgueos del bajo y la guitarra, me gustó tanto que la descargué de ITunes. Últimamente la he estado escuchando muy seguido porque me hace sentir que estoy cerca de mi abuela. Me la imagino abrazándome en el sillón de mi casa; el sol calentándonos desde la ventana por la tarde, y en un instante cierro los ojos pensando que nunca me dejaría sola. Sólo ella y yo.
Al llegar al parque pude notar que había poca gente. Es normal que este así. A estas horas de la tarde todo mundo está en otros sitios de la ciudad como tomando clases en el club deportivo, haciendo las compras en el súper, terminando de hacer la tarea o simplemente viendo la tele en el canal de noticias o algún programa favorito. Sólo había unos cuantos niños jugando con su pelota en el campo de pasto con sus padres, una señora paseando a su bebé por el pavimento, un hombre de unos cincuenta años haciendo ejercicio alrededor del parque (corría muy lento, pero sudaba como cerdo), y muchas palomas picoteando el piso donde había restos de comida. Pero entre toda la pequeña multitud presente, algo llamó mi atención.
Había una niña pequeña sentada en uno de las bancas. Me pareció ver a un angelito caído del cielo, pues ella tenía una cara muy bonita y un cabello lacio precioso. Debe de ser del tipo de niñas que le gusta jugar con muñecas, vestir de vestidos coloridos como princesa y sonreír cuando disfruta de un buen helado de chocolate. Eso al menos lo figuré por su vestidito de color rosa y su cabello bien arreglado. Es agradable verla sonreír, pero la primera vez que la vi estaba muy apagada. Sus mejillas estaban cubiertas de lágrimas, estropeando su tierno rostro y el resplandor de sus pequeños ojos.
No pude contener la sensación de compasión que me empujaba a acercarme hacia ella, y preguntarle qué le pasaba. Me senté junto a ella, me quité los audífonos para poder platicar, y le sonreí de la forma más natural que pude. Mi abuela me decía que escondía una linda sonrisa y, al mostrarla, me salía de lo más natural. Así que le sonreí y le pregunté por qué lloraba. Ella me dijo que su amigo imaginario, Peter, había muerto; que ella solía hacer muchas cosas con él, aun cuando se trataba de jugar al fútbol. Sus papás fueron quienes se lo dijeron. Entonces acerqué mi mano hacia ella y la abracé junto a mí.
Pude comprender el dolor que estaba sintiendo. Yo había perdido a mi abuela, que era mi mejor amiga en todo el mundo; y ella había perdido a su muy querido amigo, ¡y además imaginario! Es tan triste cómo los padres a veces fuerzan a sus hijos a dejar de creer en sus amigos imaginarios para hacerlos ver a la realidad. ¡Qué crueldad! No tenían derecho a privarle de la felicidad que le da su imaginación. ¡Es sólo una pequeña! Y pensé: Tal vez nadie puede traerme de vuelta a mi abuela, pero yo sí puedo hacer algo por esta niña.
La seguí calmando, rozando mi mano en su pequeño brazo, diciéndole que su amigo imaginario no estaba muerto. Le dije que simplemente se fue a jugar en algún otro lugar, pues en todo el mundo hay niños y niñas que también juegan con él (claramente hay muchos que nombran a sus amigos imaginarios como Peter), y que a pesar de ello, él nunca se había olvidado de regresar con ella. La niña dejó de llorar tras mi explicación, y poco a poco floreció en ella una hermosa sonrisa. Se alegró tanto que empezó a pensar en voz alta sobre cómo iba a recibir a Peter. Menciono preparar pastelillos, nuggets con mucha cátsup y té, y quizá poder ver el próximo episodio de Dora la Exploradora. El escucharla sobre sus planes, me hizo sentir tan bien conmigo misma. De seguro mi abuela vio lo que hice por esta niña y parecía que me estaba sonriendo desde arriba.
Un poco después, la niña me agradeció mucho y me invitó a volver a vernos en el parque. Le dije que me parecía una buena idea, y que no tenía por qué preocuparse en buscarme porque visito el parque con frecuencia todas las tardes. Así nos hicimos una promesa de amistad entre nosotras, se levantó de la banca y se despidió ondeando su pequeña mano hacía mí.
Antes de que se marchara, le pregunté su nombre. Se llamaba Emily.
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