martes, 7 de octubre de 2014

Final, parte 7

Y volvió a casa antes de tiempo, herida y helada.
No perdió nada de tiempo, caminó directo a su casa, sin ver a los lados y sin siquiera despedirse de aquella banca.
Abrió la puerta, y corrió a su cuarto, chocó con una pila de libros que cayó estrepitosamente, pero a ella no le importó, saltó a su colchón y comenzó a llorar.
Sintió un bulto a su lado y volteó secándose las lágrimas.
Cristina.
Se levantó lo más rápido que pudo y la miró allí, recostada… dormida… Podía oírla respirar, y la veía al fin tranquila, en paz.
Luego lo vio, al lado, el viejo libro de su padre… Lo pensó un momento, así que tomó una vieja chamarra negra y unos tenis sucios y salió corriendo de la casa, no sin antes tomar el libro de la historia interminable, la primer hoja de papel que encontró y una pluma casi sin tinta.
Corrió al parque antes de que fuera demasiado tarde y se sentó en su despintada banca.
Tomó la hoja y se recargó sobre el libro; comenzó a escribir.
Escribió, y escribió… como nunca lo había hecho antes y aquella hoja pareció demasiado corta, entonces cuando terminó la firmó. “Roma”.
Y dobló la hoja.
Fue ahí cuando se dio cuenta del otro lado de la página. “Diosa del humo, musa triste de otros tiempos, epítome de la belleza” “Nacho”
Entendió que todo había terminado, dentro de ella no tenía tiempo para quereres absurdos, de sentimientos banales y dolores trágicos… excepto tal vez…
Dobló la carta y escribió en un pequeño espacio en blanco: “Dios salve al rey, si es que hay alguno”  
Se quedó sentada ahí un momento, en la noche, sola…  pero no se sentía sola, por primera vez desde hace mucho, tenía a alguien… o algo así.
Guardó la hoja de papel dentro de las hojas del viejo libro y se fue hacía la obscuridad.

Quien llegara horas después encontraría un viejo libro sobre la banca, con marcas del tiempo y hojas satisfechas 

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