Libros en el piso, en la mesa y en el colchón.
Tan pronto me fui del parque, de nuevo regresé a la luz de los faroles de las calles. Me sentí a salvo estando fuera de la oscuridad del parque, con el abrigo negro de Roma cubriéndome entera. No ignoro el hecho de que al principio ella no quería nada conmigo; probablemente sigue sin tener intenciones de ayudarme. No lo sé. Pero el haberme cubierto con su única prenda contra el frío me hizo pensar en que ahora estoy a su cuidado, por el momento.
Caminé hacia la derecha, crucé la calle, hasta llegar al edificio que me había dicho Roma: aquel de la fachada descuidada de piedra pulida. Siempre lo había visto cada vez que visitaba el parque, pero nunca supe que alguien podría vivir ahí, pues la creí completamente abandonada por lo muy deteriorada que estaba por los tejados. El segundo piso, primera puerta a la derecha… Recordé la voz de Roma, y entré, resguardándome del mundo de afuera.
Mientras subía al segundo piso, volví a escuchar su voz… la reconocerás, está llena de cartas sin leer.
No tarde nada en reconocer la puerta que estaba buscando, pues podía ver una cantidad impresionante de cartas sin abrir, algunas todavía blancas y frescas, y otras coloridas de café amarillento por el paso de los años. Todas dirigidas a Roma. La mayoría portaban nombres de hombres: De Juan para Roma; De Reinaldo para Roma; De Segismundo para Roma; De Mauro para Roma… Entre los sobres recientes había uno vacío, seguramente el único que si ha leído. Mi curiosidad de la carta ausente me hizo decidir tomar el picaporte y abrir la puerta.
El departamento estaba sumido en una oscuridad profunda. No por la poca entrada de la luz de provenía de afuera, sino por el poco espacio que tenía: los muros estaban angostos, difícil de ver los pasillos y hacía donde poner el pie. Me adentré despacio, con mucho cuidado, tratando de buscar el interruptor de la luz. Tropecé. Al estamparme contra el piso había notado que eran libros. Me paré y volteé la mirada, reconociendo el interruptor. Oprimí el botón hacia arriba, y se iluminó toda la habitación. Entonces me di cuenta que estaba en medio de un mundo lleno de torres de libros, de varios grosores, editoriales y tamaños. Recorrí por el pasillo y veía libros por todas partes. En el piso, en la mesa, en las esquinas y en un colchón blanco.
Me cansó el peso del abrigo. Me lo quité y empecé a explorar algunos de los libros que atraían mi atención, como si estuviera en la librería pública. Pude ver que había muchos títulos de Jane Austen, tanto en inglés como en español en diferentes ediciones, tales como Orgullo y Prejuicio, Sentido y Sensibilidad, Persuasión y Emma; también tenía unos de R.L. Stevenson: La isla del tesoro, El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde y Príncipe Otto; otros de literatura fantástica como El Señor de los Anillos, El Hobbit y Cuentos desde el Reino Peligroso de J.R.R. Tolkien, y la colección completa de Juego de Tronos de George R. R. Martín y Eragon de Christopher Paolini; y otros libros clásicos como Cumbres Borrascosas de Emily Blunt, El Conde de Montecristo de Alejandro Dumas, y Moby Dick de Herman Melville. Al contemplar este mundo de libros, me hizo pensar que Roma es más que sólo una mujer joven vestida de prostituta y fumadora.
Creo que ella se siente igual de sola como yo. Las cartas sin abrir afuera de su puerta, la clase de libros que lee. Esos mundos en los que se mete entre cada página parecen ser su manera de escapar de algo de la realidad, algo tormentoso. Desde que murió mi abuela no había dejado de leer Las ventajas de ser invisible; me sirvió para olvidar por un momento de lo que había pasado, de cómo es el mundo ahora. Tal vez pueda ayudarla. No. Probablemente no me permitiría hacerlo. Sólo me dejó quedarme por una noche, nada más. Sabré qué será de mí después de que ella regresé.
Mis ojos me cansaban. Bostecé y me acosté en el colchón. Sentí que había recostado mi cabeza en un libro, me alcé y pude ver el título: La Historia Interminable de Michael Ende. Lo puse a un lado y cerré los ojos, ignorando el papel que salió de entre las páginas, salvo el último fragmento que me resultó familiar: Esperando tu respuesta con el corazón entre los dedos, Nacho. Me sumí en el sueño profundo.
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